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Begoña Méndez: “Doctor, el mundo es un cuerpo”

“Una mujer sola ubica su escritura en el lugar recóndito de la herida abierta: he aquí el nacimiento de un diario íntimo”, escribe Begoña Méndez, autora de Heridas abiertas (Wunderkammer, 2020). Una muestra del mejor ensayo literario que parte del examen de varios diarios literarios escritos por mujeres acorraladas y dislocadas por un entorno que sospechaba siempre de sus instintos creativos. Uno de los mejores ensayos del año.



Por: Andreu Navarra


Todo lo que encontramos aquí es inverosímil, pero fue. Que muchos padres y muchas madres de buena posición obligaran a sus hijas a escribir diarios para controlar sus emocionalidades, que les prohibieran leer, que no las dejaran jamás solas, que algunas escritoras prefirieran pegarse un tiro como acto de afirmación personal en contextos de vidas desertizadas, o vaciadas. En cuanto al significado final de estos textos, la autora escribe que “los diarios femeninos son fascinantes porque revelan los modos en que las mujeres han hecho de la literatura un dispositivo para la reconstrucción de las identidades y la restitución de sus vidas, un artefacto secreto donde fracturarse, alumbrar monstruos y sangrar verdades”.

Escrito desde un feminismo sublevado, sin un átomo de victimismo ni deseo de agradar, el libro recorre los cuadernos íntimos escritos por Santa Teresa, Soledad Acosta, Zenobia Camprubí, Teresa Wilms Montt, Lily Íñiguez, Marga Gil Roësset, Idea Vilariño, Susan Sontag, Alejandra Pizarnik y Mariana Eva Perez. Escritoras que tuvieron en común el sacudirse un yugo secular de instrucciones y tedio, el mismo yugo o manto de plomo que Begoña Méndez, en un ejercicio de rigor filológico combinado con la confesionalidad más directa, siente sobre sus espaldas cada vez que se aproxima al cuaderno de alguna de estas autoras. Educaciones como filmes de terror, vejaciones morales, desorientación, rebelión y pulsiones violentas quedan reflejadas en este estudio que no puede dejar indiferente a nadie. Qué lejos estamos de esa broza plúmbea que se quiere académica pero no es más que escolástica a peso, qué lejos de esos tratados engañosos de empoderamiento fácil. No, no. Aquí, lo que hay es la cruda realidad de una serie de escritoras, entre las que se sitúa la propia Begoña Méndez, enfrentadas al problema inquietante de su propia identidad. Suplantadas por los proyectos de otros, pugnan por salir hacia no saben dónde, porque los exteriores han quedado arrasados, a veces por una guerra como la del Vietnam, a veces por la incomprensible prosa de la vida, o hasta por el cautiverio y la brutalidad moral más directa.

Heridas abiertas es un libro de carne habitado por otros libros de carne.

Sin una sola tonalidad convencional o concesión al paternalismo, lo que encontramos en Heridas abiertas es un libro de carne habitado por otros libros de carne. Un libro sobre el dolor, sin victimismos. Un rosario de venganzas y autodestrucciones que tiene mucho más que ver con la sed de libertad que con las costumbres figurativas de la actualidad: ante esta prosa frontal y afilada no hay una postura fácil o políticamente correcta: el impudor es demasiado lúcido, demasiado osado. Hay que mirar y no podemos entreabrir las manos ante nuestros ojos: la escritura ha sido para estas aventureras de la palabra una amenaza y una liberación, un cuchillo y un cauterio, un arma política y un recurso extremo contra las asperezas y decepciones de afuera.

Sobre Susan Sontag, Begoña Méndez escribe: “De algún modo profundo, presiento que cuando la neoyorquina anotó en su diario “Doctor, el mundo es un cuerpo” lo hizo con el afán de identificar territorio y vida humana, civilización violentada e identidades heridas: el hundimiento de la carne y de las certidumbres de Occidente”. Certidumbres que venían a ser sustituidas por puras patrañas para consolidar los poderes: “La pensadora se mantuvo siempre en estado de alerta ante los discursos de poder alienantes y las miradas bidimensionales que simplifican peligrosamente la complejidad de nuestro mundo”. Y así era alguien que permanecía perplejo ante su propio vigor intelectual, alguien que se casó para aniquilarse, alguien que no terminó de entender nunca por qué había venido al mundo, sino para escribir.

Simone Weil: “En la misma medida en que la desdicha es horrible, la verdadera expresión de la desdicha es soberanamente bella”.

El caso de Margarita Gil Roësset, la joven escultora que se suicidó enamorada de Juan Ramón Jiménez, es especialmente estremecedor, porque su propio talento acabó convertido en cosa: en apéndice a la obra completa del poeta. “Las palabras de Marga”, escribe Méndez, "me duelen porque son fruto de una educación sentimental enraizada en la sujeción de las mujeres al mundo de las emociones”. ¡Qué oportunas palabras en una sociedad como la nuestra, que intenta sujetarnos a todos, ya no sólo a ellas, a ese universo maleable que desemboca en el abandono y la obediencia!

No se trata de un libro convencional, sobre literatura o sobre escritoras suicidas. Heridas abiertas no sólo incorpora un vector performativo, porque el dolor de todas las mujeres tronchadas se acumula y tatúa en el propio cuerpo de la autora, sino que también se va convirtiendo paulatinamente en una travesía por el dolor moral y los sufrimientos que una sociedad autoritaria y degradante inflige sobre las escritoras. Se le puede aplicar la misma frase de Simone Weil que Begoña Méndez aplica sobre las trayectorias vitales de Margarita Gil y Teresa Wilms Montt: “En la misma medida en que la desdicha es horrible, la verdadera expresión de la desdicha es soberanamente bella”.

El resultado es desgarrador, impactante como un diamante negro sobre un aparador que explota. Concluye Méndez: “Quiero pensar que de algún modo yo existo en ellas, que también yo estoy en sus palabras brutales y desamparadas”. Su yo se mezcla con el dolor de las demás para experimentarlo como propio, para que el lector lo tome como de una copa ácida que le tendiera este pequeño libro envenenado de lucidez. Begoña Méndez escribe como lo haría una lechuza blanca en un glaciar. Desde este horror y esta belleza ha escrito Begoña Méndez este ensayo lleno de terribilitá que ningún amante de la historia cultural debería perderse.


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