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El feminismo fantástico de Solange Rodríguez Pappe



Seres primitivos con vagina, videntes, ancianas, cuadripléjicas, mujeres capaces de ir hasta el infierno siguiendo sus deseos… Las protagonistas de los relatos “De un mundo raro” (Inlimbo, 2021) combaten a dentelladas los roles de género y nos arrastran a un territorio liminal donde la ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe se mueve como pez mítico en su líquido semiótico. Hablamos con ella durante su reciente visita a España y sin proponérselo convocamos a más de un fantasma.



Beatriz García Guirado



¿Se puede ver fantasmas aunque no creas en ellos? ¿Qué son para ti y dentro de tu obra los fantasmas? Los de tus cuentos, por cierto, están más vivos que los vivos…

Hay muchas teorías que afirman que el fantasma está relacionado con la anunciación. Ellos traían un secreto, un mensaje oculto que debía ser revelado “solo a los que eran capaces de verlo”. La aparición del fantasma jamás es gratuita. Como un ser del mundo liminar, como un ser que sabe la verdad de lo que está del otro lado y que nosotros solo suponemos suponer, usualmente su manifestación antecede a un prodigio. Viene para advertirlo o para testificarlo. En este libro, el primer cuento invoca el fantasma de uno de los escritores fundamentales del linaje de las letras ecuatorianas: César Dávila. Dávila era un escritor que usó su arte para desgonzarse hasta el límite de lo lógico, pero también la uso como una cuerda mística para acceder a una espiritualidad que alimentaba su trabajo literario, hablando de la relación religiosa con la naturaleza y compadeciéndose de las minorías históricamente explotadas. Como te decía, Dávila en este primer cuento, es una especie de fantasma guardián dedicado al consejo y a la conducción en el oficio de la cuentista, pero también testifica cuando la narradora intuye que está ante la presencia de una nueva historia que “arde como una llama”. La autora puede que no crea en el fantasma de Dávila, pero lo ve. Lo ve en la misma tradición de la que proviene.


“Lo cierto es que tosemos fantasmas que tenemos atascados”.

Al mismo tiempo, parece que los fantasmas nos susurren las historias: ¿Qué hay de revelación y qué de invención en un relato? ¿En qué medida nuestros fantasmas -personales, sociales…- son coautores además de motivos de un relato?

Tal vez todos somos el lugar de las apariciones de mucha gente y no lo sabemos, pero te contesto con un textito que escribí hace un par de año sobre la sutilidad de los fantasmas y de nuestra imprescindible convivencia con ellos. “Lo cierto es que tosemos fantasmas que tenemos atascados. Nos los sacamos de la solapa con un gesto vago de la mano y borramos sus vestigios cuando nos frotamos los párpados. En los intersticios de los dientes siempre nos quedan fantasmas y también bajo las uñas. Hay fantasmas húmedos en los ojos lagañosos de los gatos, columpiándose amarillos en las hojas de los árboles y en esas velas de cumpleaños que se encienden y nos espantan -Mi padre enfermo de muerte hace fantasmas con sus manos, crea caballos encabritados que se elevan de su cuerpo- Como si los fantasmas nuestros no fueran tan naturales… Lejos de las entradas dramáticas, los aullidos, las cadenas, los fantasmas ya conviven con nosotros. Son el florero vacío con rezagos verdosos, un cajón lleno de adorados objetos que están rotos, el muchacho transparente que seca sus lágrimas en la última fila del cine, sin nadie cerca, sin ninguna posibilidad de consuelo”.


¿Te asustan más los vivos o los muertos? Si, como escribes en uno de tus relatos, “todos los que son fantasmas aseguran que no lo son”, ¿no seremos todos un poco fantasmas?

Creo que los fantasmas son algo mucho menos espectacular que lo que nos han relatado que son. Son las ausencias con las que debemos aprender a convivir. En el cuento final del libro “La madre”, una mujer prefiere a su hijo fantasma a perderlo para siempre. Nosotros, los vivos parecemos ser quienes no nos resignamos a que no haya nada más luego de la muerte.


Encuentro afinidades entre el mundo de Giovanna Rivero, quien escribe el prólogo de “De un mundo raro”, y el tuyo. Sobre todo en lo que respecta a la fascinación por la muerte como un proceso orgánico -la carnalidad de los muertos- y las especies, el poder terrorífico y maestro de la naturaleza. ¿Al final es la naturaleza con su afloramiento, su salvajismo sin paños fríos y su decrepitud lo único real?

Leí Hermano ciervo de Giovanna Rivero luego de haber terminado de escribir El mar espera entre las astas de los ciervos, después me enteré de que a esa línea de escritura la llaman ecofuturismo. Nuestros animales reciben un trato cariñoso, en eso coincidimos. Creo que en esa preocupación nos parecemos. No hay que hacer ejercicios de videncia para saber que, o en el futuro somos mejores terrícolas, o vamos a extinguirnos ( va a pasar de todas formas) En mi libro hay personajes que se niegan a vivir su vida como el dictamen de lo real se lo impone. Enfermos se declaran sanos y se van hacia la libertad. Creo que la carne que he creado, esta nueva especie, no se resigna a morir o a deteriorarse, va imponer su propia necropolítica donde los cuerpos viejos aman o las madres amadas vuelven de la tumba a cenar en la mesa con sus hijos. Los cuerpos maltratados sufren una intervención fantástica y contra toda lógica, andan y se acomodan.


“Me gustan las monstruas, las lobas, las mujeres en apariencia inocente que no lo son, las mujeres capaces de todo y que sorprenden hasta al mismo demonio”.


En Noche de Difuntos, escribes: “La religión es un pretexto para sufrir en grupo”. ¿En qué medida necesitamos historias que expliquen este sufrimiento?

Me refería a ese cuento donde algo extraordinario pasa, aunque se supone que no debería pasar y nadie, ni la religión de la cruz, ni otras espiritualidades, puede explicarlo. Creo que a la religión Católica, que es la que nos promete la resurrección de los muertos, no podría explicar si eso pasa algún rato tal como nos lo dijo. Fuera del cuento que he creado, a las creencias constreñidas de algunas religiones actuales les falta actualizarse. La culpa no puede ser el camino para retener devotos.


La narradora de uno de tus relatos habla de “reinventar la tradición”. ¿Cómo podemos hacerlo? ¿En qué forma el mito domina nuestras vidas y cómo podemos reconstruirlo para narrarnos y narrar el mundo de nuevas formas más “soportables” o “habitables”?

El mito nos devuelve el pensamiento instintivo que nos enseña que todo empezó en un relato primordial. En una historia cosmogónica. Somos gente de ciencias pero pocos podrían sobrevivir una noche en un campo a oscuras con los sonidos de todos seres cerca. Los cuentos también explican esas cosas que quisiéramos comprender mejor, pero desde la literatura.


Los armarios, dice tu narradora, son los vertederos de las casas. La gente guarda en ellos sus secretos, a menudo oscuros… Si fueras una viajera de armarios, ¿adónde crees que te llevaría el tuyo?

Como soy curiosa, viajaría a ver qué hay en los armarios de desconocidos y les escondería las cosas solo para ver qué hacen cuando no las encuentran. También seguramente vería los famosos esqueletos de armario: cartas de amantes, pistolas, colecciones de tonterías. Me daría angustia y les terminaría limpiando los armarios.


En “Las dramáticas imágenes” exploras de forma muy crítica con la prensa de nota roja los feminicidios. En particular el crimen de Claudia Poppe y su madre, ocurrido en Guayaquil en 2009. ¿Qué nos puedes contar sobre esta historia? ¿Por qué nos fascina tanto “la belleza cuando está rota y en pedazos”? ¿Es el true crime una forma de pornografía?

Yo vengo de un país que durante los 80 publicó una brutal crónica roja. Desmembrados, fotos de la morgue, abortos y todo eso mezclado con chicas desnudas en primera plana. Una mixtura de instintos sueltos. Las mujeres éramos víctimas de Camargo y de Garavito, decenas fueron exterminadas. Esto que te cuento aún sucede y es un espanto. Los feminicidios son una estadística Me imaginé a una periodista de crónica roja y cómo lidiaría con esto, su maternidad y su eros. Debía fortalecerse. Ella se vuelve una aprendiz de su jefe y de su colega fotógrafo. En el fondo, Lisandra sabe que jamás llegaría a escribir como Leila Guerriero pero se esfuerza por que su trabajo sea prestigioso. Voy a volver a trabajar con Lisandra, sus aventuras apenas han empezado.



De todos los relatos mi favorito es “Autodiagnóstico”. ¿Para morir igual que para vivir hay que echarle ganas? ¿Qué cuesta más según tú? ¿Son la autoayuda y los mensajes “flowerpower” un salvavidas o un acicate para quitarte de enmedio?

Mi padre amaba a Dale Carnegie, ese es un cuento para él y la ingenuidad del pensamiento positivo que nos frustra y nos hace sentir ridículos. Nace de un proyecto de la maestría donde hice intervenciones fantásticas en ciertas radiografías. Las llené de flores, mariposas y obreros trabajando en las fracturas. Soy una persona que no se resigna, persisto, busco opciones, así sean tiradas de los cabellos.


El miedo es una emoción ambivalente, lo mismo nos une que sirve para dividirnos y controlarnos. ¿De qué forma los relatos y las novelas de terror, especialmente escritas por mujeres, son reflejo de la sociedad? ¿Actúan como denuncia, catarsis…?

Pues no siempre. Creo que la crítica ha simplificado todo como a unirnos a todas bajo un mote, el terror puede ser aleccionador, moral, incómodo, generar un discurso político, entretener, no tiene que ser de una sola forma ni todas las mujeres vemos en los hombres una sombra espantosa. Hemos evolucionado desde el siglo XVIII. Creo que mis libros tratan también de amor, un amor irreductible, porfiado, necio, empecinado. Amor y terror se parecen mucho si los miras de cerca. Las relaciones son una pareja conduciendo en medio de la oscuridad y contándose historias de miedo.


“Viajaría a ver qué hay en los armarios de desconocidos y les escondería las cosas solo para ver qué hacen cuando no las encuentran”.


¿En qué sentido el camino de la escritura es espiritual?

En el sentido que cualquiera camino lo puede ser. Todo puede ser espiritual para quien se consagre en esa dirección. En “Nymphomaniac”, Joe vuelve de su vagina un camino espiritual, en Whiplash, un joven baterista hace de su arte un camino espiritual. Me refería que este camino me lleva a buscar a contar historias que sean memorables y debería volverme una persona, al menos, más diestra en cada libro. René Lavand, el mago manco, decía: mi arte me desafía a mí mismo. Ese es mi reto, lograr una historia que me acerque a dios, que me sane como iban a buscar salud los suplicantes al templo de Asclepio, me vuelva su médium y me atraviese, luego que me olviden. La espiritualidad no es una institución, la espiritualidad es de cada uno: adorando al sol o de rodillas ante los textos perfectos de José Emilio Pacheco.


¿Cuál es el poder revolucionario de la literatura fantástica y la imaginación fantástica? Alguna vez has hablado de un feminismo fantástico en tu obra, ¿puedes explicarlo?

En ‘Una nueva especie’ imagino cómo sería una deidad tectónica primitiva y ansiosa por tomar la tierra. Una vuelta a los monstruos elementales de Lovecraft y un diálogo con los padres del terror que casi todos los nombres que repiten los expertos son hombres. Me gustan las monstruas, las lobas, las mujeres en apariencia inocente que no lo son, las mujeres capaces de todo y que sorprenden hasta al mismo demonio. Ese es el tipo de reescritura que el género necesita, encontrar en las mujeres un rol menos de víctima y más de protagonista activa comiéndose el mundo. En este libro hay viejas, videntes, cuadripléjicas, seres primitivos con vagina, hay mujeres que van hasta el infierno por lo que aman y desean. A diferencia de Orfeo, ellas si sacan a sus prendas amadas de allí.