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"Esto también es amor": el matrimonio anarquista de Begoña Méndez y Nadal Suau


Foto: Xisco Alario

Begoña Méndez y Nadal Suau acaban de publicar uno de los ensayos del año: "El matrimonio anarquista" (Hurtado y Ortega Editores), un libro que redefine y repiensa la institución matrimonial para buscarle un nuevo significado liberador, literario y dinamitero, más allá de toda etiqueta. Deconstruyendo para reconstruir, en un contexto dominado por las propuestas poliamorosas, una reflexión progresista sobre la monogamia cae como miel sobre hojuelas.


Batriz García Guirado

Andreu Navarra


¿En qué sentido es político el acto consciente de casarse? ¿Cuál es el significado social y literario que queríais darle al acto público de casaros?

B.M. Una boda puede ser una performance política de primer orden si nace de la voluntad de convertirla en una declaración de intenciones; es decir, mírennos: somos un equipo, un proyecto, hacemos del compromiso amoroso uno de los pilares de nuestra relación con el mundo exterior, hacemos del matrimonio un lugar posible desde el que actuar y establecer vínculos no solo entre nosotros, sino también con los otros. Una boda es un ejercicio ritual, es decir, un acto público arreglado de acuerdo a una serie de formalidades. Puedes casarte y dejar esa forma, ese esqueleto, vacío de todo sentido, pero puedes otorgar a esa estructura ritual un sentido colectivo de reinvención de lo sagrado a través del amor. Cuando casarse responde a una necesidad de devolverle a la vida su condición mágica, entonces podemos hablar de un acto político, pero también social y literario. Ahí está El matrimonio anarquista, un libro escrito a cuatro manos que pretende interpelar al lector, es decir, incomodarlo, agitarlo, provocar interrogantes y, ojalá, mover a la conversación. Porque casarse puede ser un acto político, pero tal vez lo verdaderamente político sea reflexionar sobre la supervivencia o no de la institución matrimonial desde dentro del matrimonio.

N.S. A mí me parece que casarse es siempre una cuestión política, ¿no? La diferencia es que no siempre los contrayentes son conscientes de ello, y que tradicionalmente ha sido el modo de fundar una institución conservadora, o una célula apenas autónoma dentro de un entramado institucional conservador: nos casan la Iglesia o el Ayuntamiento, con el reconocimiento del estado. En nuestro caso, vivimos el instante de la boda como un ritual simultáneamente muy íntimo (deseábamos hacer algo juntos que jamás hubiéramos hecho antes) y público (“dos cabalgan juntos”, vinimos a decir, “y ojalá os suméis a esa cabalgata, pero lo que no hará nadie es dispersarla, ni a tiros”). Como dice Begoña, y parafraseando ambos a una persona amiga que tuvo una intervención extraordinaria en la presentación palmesana del libro, la dimensión realmente política viene después, al habitar el matrimonio y hacerlo desde la duda, la contradicción, la exploración de límites… Y la escritura.


¿En qué momento os disteis cuenta de que vuestro mundo privado tenía que pasar al plano público para mostrar algún tipo de mensaje para la colectividad?

B.M. Decir que lo personal es político equivale a afirmar que lo personal es impersonal; escribir desde esa premisa implica que para mí no hay materiales privados que no puedan ser traducidos a discurso público, que no hay experiencias personales que no puedan ser comunicables, compartibles, discutibles y, por tanto, colectivas. Nos tomamos a nosotros como estudio de caso, como punto de partida para preguntarnos cómo vivir y amar con honestidad hoy, aquí y ahora. Eso que tú llamas “nuestro mundo privado” es la posición ética y estética desde la que hemos elegido pensar y escribir sobre el amor y el deseo, sobre el compromiso, el poliamor y la monogamia, y también sobre el papel que el dinero y el trabajo tienen en la construcción de vínculos y la asunción de responsabilidades públicas.


N.S. El planteamiento fue menos determinado que todo eso: simplemente, nosotros escribimos. Damos clases, nadamos, leemos y escribimos, y otra vez al día siguiente. Así que compartir esa escritura era de lo más natural; no diré inevitable, pero casi. Sobre todo, después de realizar a cuatro manos un fanzine sobre la figura de J. G. Ballard para el museo de arte contemporáneo de nuestra ciudad. Ese encargo nos demostró que nuestros estilos se complementan bien, y nos quedamos con ganas de insistir en la fórmula. El empujón final vino de la mano de Hurtado & Ortega: al comentarles varias ideas de libros que teníamos en mente, se mostraron muy receptivos a la posibilidad de un proyecto conjunto. Así que fijamos el hilo conductor, pautamos mínimamente la forma de trabajar, y nos marcamos un período de trabajo. Explico todo esto para resaltar que El matrimonio anarquista no es fruto de la espontaneidad sino un proyecto sometido a ciertas reglas, si bien luego las derivas propias de la escritura y de la vida lo han condicionado.


¿Por qué os definís como anarquistas, y a la vez consideráis, hacia el final de vuestro ensayo, que no sois un matrimonio anarquista? En otras palabras, ¿por qué lo sois y no lo sois a la vez?

B.M. En mi fuero interno, me dedico a encender hogueras en los patios de los colegios, en mi fuero interno soy una loba de pelo rojo que vive dentro del libro Animales feroces de Manuela Buriel. Mi vida laboral me obliga a establecer un compromiso político con la enseñanza pública. Estoy casada y soy profesora: muy anarquista no parezco, pero sí que trato de realizar pequeños desacatos a la autoridad con la intención de hacer más justas y holgadas esas instituciones, para subvertir normas y conseguir pequeñas transformaciones en nuestras vidas y en las vidas de las personas que están en nuestro campo de acción. Somos una institución voluntaria, pequeña, funcional y temporal, así que a ojos del anarquista británico Colin Ward, quizás sí somos un poco anarcas.

N.S. En esa ambivalencia hay algo de política y algo de trampantojo literario, no sabría decir en qué proporción. La tradición anarquista me parece extraordinariamente fértil y hermosa, y al mismo tiempo sé que no puedo calificarme de “anarquista”, así con rotundidad, sin caer en el autoengaño: soy funcionario; estoy casado; el (modesto, pero real) patrimonio de mi familia es un seguro de vida que opera silenciosamente en cada una de mis decisiones, restándoles peligrosidad... Pero es que lo que me interesa en este momento son los discursos que incorporan sus propias contradicciones, su propio oxímoron: basta de inquisidores de lo ajeno, iluminemos nuestras propias paradojas y limitaciones, porque son lo más característico que podremos encontrar de una vida en 2021: esa imposibilidad de escapar de un marco socioeconómico que lo devora todo. Y, eso sí, que iluminarlas y exhibirlas sirva para aprender de ellas, no para eximirnos de responsabilidad.

Nadal Suau: "El libro más bien nos ha ayudado a sobrellevar los problemas".

En este viaje de reflexión conjunta que iniciasteis con vuestras cartas, ¿nunca temisteis que vuestra relación se fuera al garete por un alarde de sinceridad o exceso de reflexión?

B.M. La verdad es que no. No andamos por lo cotidiano haciéndonos preguntas constantemente, eso sería agotador. Los interrogantes que abrimos para este libro nos parecían necesarios para comprender los límites de la monogamia y del poliamor, las constricciones del matrimonio, la extrañeza de los deseos, preguntas que, efectivamente abren heridas y brechas. Por eso en El matrimonio anarquista nos planteamos de qué modo habitar esas contradicciones; la mayoría son irresolubles, pero siempre se puede hablar, siempre se puede hacer del uso de la palabra una forma de cuidado. También está que soy incapaz de ejercer el cinismo, así que mi única solución es practicar la parresia, es decir, hablar con franqueza. Una franqueza que no es alarde sino necesidad y que, en el libro, está bruñida y moldeada por lo literario. Porque El matrimonio anarquista es, en primera instancia, literatura.

N.S. Para nada. Es curioso, porque el libro más bien nos ha ayudado a sobrellevar los problemas. Recuerdo que, en medio de algún momento malo que tuvimos durante ese año y pico de escritura, y que aparece reflejado en las cartas, yo pensaba: “Bueno, bueno, qué mal lo que nos está pasando… ¡Pero menuda carta podré escribir partiendo de este material!”. Por lo demás, aunque no creo que sea bueno revelar absolutamente todo, diría que hay que temer más a la ausencia de sinceridad que a su exceso, y que la clave, en todo caso, es la voluntad de cuidar y comprender al otro, también cuando se entra en territorio incómodo.


¿Erais matrimonio antes de pasar por el juzgado?

B.M. Desde luego, no a los ojos de los otros. Casarse hace que el mundo exterior te perciba de otro modo; de repente, te conviertes en un baluarte. Ese baluarte tiene grietas, claro, y es por ahí por donde entra lo otro inesperado, por ahí por donde se filtran los cuerpos extraños.

N.S. Es curioso: la pregunta me pilla por sorpresa, y estoy de acuerdo con la respuesta de Begoña, pero al mismo tiempo siento que responder que sí también encierra una verdad.

Begoña Méndez: "Casarse hace que el mundo exterior te perciba de otro modo".

¿En qué sentido es "sagrado" vuestro matrimonio?

B.M. Lo comentaba al principio. Me gusta pensar en una sacralidad que no solo rehumaniza sino que otorga a lo cotidiano un sentido mágico, es decir, una idea de lo sagrado como palabra y acto capaces de obrar instantes extraordinarios o, por lo menos, capaces de vehicularlos como pequeños milagros. Tiene mucho de juego y mucho de imaginación. Tiene mucho de ficción y de invención de rituales. De cómo decides o puedes leer tu entorno y las cosas que te pasan o haces. De todos modos, también afirmo en el libro que un matrimonio es una sucesión de solemnidades caídas, así que lo sagrado es, al final, una risa. Una risa compartida y me atrevo a decir que libertaria: ahí tienes nuestro anarquismo.

N.S. En el mismo sentido en que puede serlo un poema.

Comentad esta frase, de Begoña: “Hay un montón de seres que viven con piedras dentro”…

B.M. ¡Ay, cuánta intensidad, por todas las diosas! La piedra es el malestar que no tiene nombre o que tal vez sí lo tiene y se llama capitalismo acelerado, es decir, miedo, frustración, el reconocimiento que no llega, la sensación de fracaso, la pérdida por todas las vidas que no viviremos pero que nos dicen que podrían ser nuestras; la piedra son las expectativas no cumplidas, los deseos abortados, los trabajos mata-almas, los afectos de mentira, la autoconciencia hipertrofiada, lo fulminante del paso del tiempo. En fin, piedras en el plexo.

N.S. La piedra es pesadez, carga, impenetrabilidad. La frase de Begoña habla de dolor y de lastre. Por otro lado, el escritor Cristóbal Serra decía que un canto rodado contiene poesía y es un aforismo perfecto. Tal vez deberíamos aprender a coger esas piedras que llevamos dentro y leerlas a nueva luz, hasta encontrar en ellas la verdad ambivalente, universal y redentora que contienen. Eso puede hacerse, por ejemplo, escribiéndolas.

Nadal Suau: "Desentenderse de las etiquetas en la medida de lo posible y no desentenderse jamás de las personas."

¿Casarse es “un relajante muscular”?

B.M. Me temo que en demasiados casos tiene ese efecto. Está bien que existan medicinas para aliviar los sufrimientos del cuerpo y está bien tener una casa donde refugiarte cuando necesitas descansar del mundo, pero no me gusta pensar el matrimonio como una adormidera. Creo en el matrimonio como proyecto ético y estético, como ademán poético y estructura política. Para sostenerlo se necesitan dos cuerpos despiertos y dispuestos a asumir también el dolor de las contracturas.

N.S. No debería serlo. El matrimonio es un compromiso con la otra persona, y los compromisos requieren atención. Además, el matrimonio no clausura la existencia del resto del mundo; de hecho, para nosotros supone una plataforma desde la que pensar y ejecutar nuestra relación con los demás, pensar modos de habitarlos y de que nos habiten. También admito que, a menudo, es un lugar en el que sentirse seguro. Pero la metáfora adecuada para ese aspecto del matrimonio no sería médica, sino arquitectónica.


“Solo pienso cuando leo o escribo”. ¿Lo vuestro podría funcionar sin escritura?

B.M. ¡Es que lo nuestro es escritura! No solo, pero en gran parte este matrimonio es literatura. Deseo y amistad, literatura, tres gatos. Sueldos y trabajos gemelos. Tatuajes. Demasiadas horas juntos. Así es nuestro matrimonio real y también el anarquista que hemos publicado.

N.S. Desde luego, el libro existe porque leemos y escribimos, y eso es lo único relevante para un potencial lector. Pero confieso que, a estas alturas, por vocación lo mismo que por costumbre, nada en mi vida funcionaría sin lectura y escritura.


“La poligamia es una mierda y la ideología hetero de la pareja monógama también”; en ese caso, ¿qué hacer?

B.M. Prescindir de los juegos sucios de poder y de la inutilidad de los celos, asumir como parte del territorio de lo fantástico los deseos que podrían poner en peligro el pacto matrimonial, aceptar que no se puede tener todo, que no con todo se mercadea, comprender que tomar decisiones implica renunciar a otros mundos posibles, nutrir y cuidar la vida que hemos escogido vivir… separarse de un modo civilizado si la pareja se convierte en un lugar feo e inhabitable; en definitiva, ni idea.

N.S. Desentenderse de las etiquetas en la medida de lo posible y no desentenderse jamás de las personas.


¿Qué ha sacralizado o consolidado vuestro matrimonio en mayor medida, vuestra boda o vuestro libro?

B.M. Con el libro nos hemos hecho más amigos y, en ese sentido, sí se puede hablar de “consolidación”, supongo. En cuanto a la boda, me parece que nos permitió descubrir que entre los dos podemos inventar instantes de felicidad; algo que seguimos practicando cuando podemos. Sin ir más lejos, El matrimonio anarquista puede leerse como la huella material de una juerga literaria.

N.S. Veo ambas cosas como un continuum, al que añadiría los tatuajes. Todo junto constituye una mezcla de performance y literatura, y una fiesta. Pero, para que no parezca que me escabullo de la pregunta, es probable que el libro haya marcado una diferencia crucial.


¿Habéis dejado cartas en el cajón o en la penumbra?

B.M. Lo cierto es que no. El libro es desde el principio un proyecto literario con fecha de entrega. Tomamos nota de los aspectos que queríamos abordar en nuestras cartas y teníamos claro que no debíamos cansar al lector, así que nos impusimos un número determinado de misivas. Quién sabe, tal vez en unos años retomemos el intercambio epistolar si de verdad nos parece que debemos detenernos y pensar en qué lugar nos encontramos, qué parte de mundo habitamos.

N.S. Medio en broma, pero no del todo, nos hemos comprometido a escribir, en caso de separarnos (quién puede jurar solemnemente que eso no puede ocurrir), una segunda parte que se titule El divorcio reaccionario. Cuento con que ese libro siga en la penumbra por siempre jamás.

Begoña Méndez: "Un amor sin posibilidad de épica, qué felicidad"

¿Podríais citar alguna pareja heterodoxa que os haya podido servir de modelo?

B.M. Confieso que nuestra investigación en ese sentido ha sido nula. Es ahora, después de haber escrito El matrimonio anarquista, que estoy empezando a leer epístolas amorosas, como Cartas a Felice de Franz Kafka o Cartas de cumpleaños, los poemas que Ted Hugues le escribió a Sylvia Plath. En todo caso, vaticino un resurgir del género epistolar: me parece que estamos muy necesitad@s de construir espacios de conversación sosegada, territorios de escucha y de reflexión, lejos de los ritmos acelerados y de los ataques gratuitos, lejos de la cháchara y del parloteo violento. Me parece que, en general, necesitamos hablar con un poco más de respeto y de cuidado.

N.S. Las hay, pero no han sido determinantes para estas cartas. En cambio, de un modo no siempre deliberado, hay dos parejas francamente ortodoxas que planean sobre el libro de un modo constante: nuestros padres. A veces pienso que El matrimonio anarquista presenta alguno de sus aspectos más reveladores en los pliegues que no hemos controlado por completo, en las confesiones no deliberadas. ¡Lacanianos, venid a nosotros!


“La vida conyugal es una sucesión constante de solemnidades caídas”. ¿Lo seguís pensando? ¿Opináis, como Tyler Durden de El club de la lucha, que somos los hijos malditos de la historia, condenados a un dolor masoquista y solipsista, sin posibilidad de épica? ¿Qué papel puede jugar en todo esto el amor?

B.M. ¡Ah, mira, la caída de lo solemne! ¡qué bien! me gusta volver a esa idea de nuevo a propósito de este hilo de preguntas enloquecidas que nos planteas. Aborrezco el espíritu de lo épico, tan masculino y glorioso, tan hijo de la guerra y del enfrentamiento; no puedo con el afán conquistador. Dicho esto, te confieso que en mi caso estoy siempre a punto de caer en el ensimismamiento y que me cuesta un esfuerzo bárbaro vivir entre las personas. Sé que no lo hago bien del todo, pero también sé que voy aprendiendo, poco a poco. Lo que quiero decir con todo esto es que la literatura, tanto la escritura como la lectura, son para mí dos herramientas fundamentales de vínculo con el mundo. Igualmente lo es el amor, por supuesto. Un amor sin posibilidad de épica, qué felicidad, un amor antiheroico y vulnerable. Un amor que no puede ser masoquista, porque no hay complacencia en la humillación o el maltrato; algo muy diferente es asumir el dolor como parte del amor e incluso aprender a vivirlo como un territorio impersonal que permite comprenderse mejor y comprender de un modo más hondo al otro.

N.S. ¿Somos hijos malditos de la Historia? Sí. ¿Se acabó la promesa de la épica? Creo que sí. En lo que no estoy de acuerdo con Palahniuk, o con su personaje, es en que solo quepan el dolor y el solipsismo. Incluso si fuera cierto, deberíamos vivir con la convicción de que la alegría y el compromiso son posibles. Que lo son.


Dedicáis muchas páginas de vuestras cartas al deseo. ¿Cómo lo vivís, o disfrutáis o interpretáis o transigís con él?

B.M. Hablar de deseo implica hablar de cuerpos, porque el deseo es pulsión de la carne, pero también una instancia de la cultura. Cuerpos y deseos están recortados y vigilados por las leyes y por el mercado, por las normas de civilidad y el sentido común, por la culpa, el pecado; también por la transgresión de la norma. En fin, que cuerpo y deseo son entidades sumamente complejas de las que yo apenas entiendo nada. En todo caso, creo que es imposible escapar de la contradicción e incluso del contrasentido en cuanto te detienes a observar qué pasa con los deseos y con los cuerpos. Intento aplicarme la noción transfeminista de deseo como energía movilizadora, así que cuando un deseo es impracticable, lo convierto en otra cosa; por ejemplo, en literatura; sobre todo, en literatura. En ese sentido, te adelantaré, porque ando loca de nervios y de ilusión, que en el primer trimestre de 2022 publico libro, de nuevo con Hurtado & Ortega, en el que doy rienda suelta a muchos de esos deseos que no puedo cumplir en la vida real.

N.S. “Aquel que desea y no actúa, engendra pestilencia”, decía William Blake. Pero desear y actuar en consecuencia tampoco garantiza la satisfacción. El asunto con el deseo, como con el amor, es que somos seres finitos y tarde o temprano topamos con nuestro límite, con aquello que no podemos obtener o no debemos obtener. Nadie escapa de ese momento. Y cuando ocurre, lo que hacemos al respecto nos define de un modo casi definitivo. A juzgar por lo que uno ve en redes sociales, la gente lo lleva mal. Yo también, pero, como buen niño asmático que fui, tengo la conciencia de mis propios límites muy despierta.

Begoña Méndez: "Cuerpos y deseos están recortados y vigilados por las leyes y por el mercado"

¿Es posible el amor en una sociedad como la nuestra?

B.M. Por supuesto que sí. Veo mucha violencia a mi alrededor, mucho ambiente envilecido, pero también veo mucho amor haciendo de contrapeso. Hay muchas personas generosas dispuestas a construir lazos importantes con los otros; la cosa es que suelen hacer poco ruido porque el amor no es gritón ni busca likes. También te digo que una renta básica universal aumentaría la condición de posibilidad del amor en nuestra sociedad. A la afirmación “Seco, el dinero no es todo", Yung Beef responde “llevas razón, es lo único”. Ojalá viviéramos en otro mundo, pero creo que las palabras de Yung Beef son impresionantes por verdaderas y terroríficas.

N.S. ¡Míranos, los cuatro charlando en torno a un montón de palabras editadas! Esto también es amor. Y sí, está bien acabar con esas palabras transformadoras, importantes, tangibles que ha mencionado Begoña: renta básica universal. Igualdad para que el amor sea no solo posible, sino libre.