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Ganan las carpas: “Cuadernos perdidos de Japón”, de Patricia Almarcegui



Candaya publica una obra mayor y menor de Patricia Almarcegui, mayor por su exquisitez, menor por la contención expresiva, de nuestra viajera más experta. En este cuaderno poético, filosófico y fragmentario, la autora reflexiona sobre el movimiento, el hecho de habitar un cuerpo en movimiento y la cultura japonesa, que intenta atrapar en toda su autenticidad.


Andreu Navarra


El pasado día 4 de mayo se presentó “Cuadernos perdidos de Japón” en la Librería Altaïr de Barcelona. Mi primera presentación de libro en un año.


Es muy esperanzador que se editen libros con tanto mimo en nuestro país. La exigencia no va reñida ni con la belleza ni con el rigor. Es más, como escribe la propia Patricia Almarcegui, “la belleza se ha convertido en una cuestión política”. Tiene razón: cuando una época fomenta la ramplonería, es que se está cociendo la violencia de pasado mañana. Almarcegui retoma uno de sus caballos de batalla: la reivindicación de que la mujer no sea vista como un bicho raro o suspecto viajando o en espacios públicos. Cuando se culpa a las mujeres de querer ser autónomas, y de viajar solas, o de pasear de noche, no sólo se ataca a la persona en sí, sino también sus sueños y aspiraciones.

La trituradora de ilusiones atenta contra el deseo de libertad y de normalidad gozosa, contra el placer de vivir. Eso es el viaje, y eso es convivir con nuestro cuerpo: disponernos a gozar, luchar para poder ponernos a gozar de nuestro cuerpo y de nuestro viaje. Algo que empieza a escasear en la sociedad de la ramplonería y el autoterror. Que este libro haya podido ser elaborado con este gusto y con la paciencia debida, trenzando recuerdos personales con retales de historia, apuntes literarios, escenas de cine japonés y testimonios de paseos inolvidables, debe enorgullecernos.


En este libro, el detalle es una cosa seria. De lo que se tata, en el fondo, es de aprender "a mirar las formas de otra forma". Estamos ante un texto que no es que hable de cultura japonesa, es que se ha transformado en una parte de ella, en forma y fondo. "Cuadernos perdidos de Japón" no es un diario de viajes al uso, sino un proceso de transformación interior y una metamorfosis literaria.


Parece mentira que un texto tan fragmentario sea a la vez tan unitario. Quizás porque combine el formato estrofa con el formato aforismo, y estos con el formato koan y el formato haiku. Lo que produce un tipo de pincelada profunda, que expresa mucho más de lo que dice, como por ejemplo en este párrafo: "Un grupo de cuatro norteamericanos obesos beben cerveza delante de las ruinas de la cúpula de la bomba atómica de Hiroshima".

Parece mentira que un texto tan fragmentario sea a la vez tan unitario.

Almarcegui ha superado la fase del comentario y ha sabido trabajar muy bien la sugerencia. Todo en este libro huele a filosofía antigua: a Tales, a hilozoísmo, a Basho, a elementalidad compleja y a plena indagación. Esta dirección filosófica es muy evidente: "Las cosas hay que aprehenderlas en su movimiento", o "El amor a la naturaleza imposibilita la abstracción". O "Los jardines son pinturas en dos dimensiones".


Terminaré con una anécdota: cuando Oriol Junqueras tomó la presidencia de Esquerra Republicana, yo era el becario que tenía que sustituirle en las clases de historia del Japón. Impresionado por el encargo, fui a la librería Central y compré todo lo que encontré sobre cultura japonesa. Después ocurrió que por una pugna interna entre dos departamentos al final no impartí aquella docencia que pasé dos meses preparando. Yo me sentía muy orgulloso de saber tantas cosas sobre historia y literatura japonesas.

Sin embargo, leyendo los diarios de Patricia Almarcegui me he dado cuenta de que no había aprendido absolutamente nada.


He aprendido más con este breve cuaderno de 150 folios que con dos meses intensos de lectura de centones y manuales. Todo lo que había leído sobre sintoísmo era falso o estaba manipulado. Realmente por aquel entonces no entendí nada de nada.

En este libro, el detalle es una cosa seria.

Sólo añadiré lo crueles que han sido la autora y los editores al publicar un libro que despierta tanta hambre de viajar en este contexto de pandemia en que seguramente nos tocará yacer por algún tiempo más. Pero si alguna lección hemos de tomar de “Cuadernos perdidos de Japón”, de su autora y de la exquisita presentación coral del pasado 4 de mayo, es que hemos sabido ser como las carpas de la cubierta, modelos de tenacidad, supervivencia y capacidad para nadar contra corriente.


Llegamos vivos al acto cultural, volveremos a protagonizar investigaciones y proezas. Volveremos a viajar, a escribir y a compartirnos. Acaso porque no hemos podido dejar de hacerlo. Desde luego que continúe pensando y viajando y puliendo sus diarios de viaje la autora es una noticia esperanzadora, porque no podemos vivir en la prosa roma, vulgar, primitiva y vocinglera de nuestro burocrático tiempo.


Foto superior: Marian Zaragoza