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Gas mostaza, poliamor y filosofía en la República de Weimar



Tusquets publica “Dora y Walter Benjamin. Biografía de un matrimonio”, de Eva Weissweiler, en traducción de Lorena Silos. Un libro que no puede dejar indiferente a cualquier curioso de las letras alemanas de entreguerras o de la obra de Benjamin.


Andreu Navarra


Es la tendencia y Eva Weissweiler saber interpretarla muy bien: una biografía ha de deconstruir el mito para ofrecer la cara más contradictoria e íntima del biografiado, por mucho que contraste con su imagen pública, y además ha de hacerlo de modo novelado y depurado de rocosidades y abstracción, para que afloren los objetos, los afectos o desapegos que permanecían ocultos, y ofreciendo una visión más creíble y personal. No hace ni medio año que Tusquets publicó un libro similar, aunque centrado en el Romanticismo alemán, la escuela idealista y las vidas entrelazadas de sus protagonistas, La República de los Espíritus Libres, de Peter Neumann.


El primer motivo por el cual debemos acercarnos a este libro es el descubrimiento de un carácter único, el de Dora Sophie Kellner, periodista, humorista y regente de hoteles, autor de una novela publicada por entregas (Gas gegen Gas, 1930), y a quien le tocó vivir la particular cruz de tener que convivir con un difícilísimo Walter Benjamin. El segundo motivo es el descubrimiento del Benjamin más íntimo, tan distinto del pensador genial. Un hombre inestable, que parece que no sabe vivir, que depende del lujo burgués pero no sabe cómo costeárselo, siempre en busca de un puesto académico que nunca llegó, y a quien se le cruzó el antisemitismo, ya muy palpable en Centroeuropa desde 1890.

Pero hay una tercera fuente de interés: el conocimiento panorámico que exhibe Weissweiler sobre una larga lista de creadoras y escritores austriacos y prusianos de los que carecemos de la información más básica. Porque si algo pone sobre el tapete Dora y Walter Benjamin es en el angustioso déficit de traducciones del alemán que padecemos, aunque no lo supiéramos. Porque, más allá de Scholem, Roth, Döblin, Brecht y los pintores habituales de las antologías del expresionismo, la gran mayoría de los creadores de los que habla el libro son completos desconocidos por estas latitudes, y esto es algo que hay que agradecer y lamentar a la vez. Lamentar lo que ignoramos sobre las vanguardias vienesas y prusianas, y agradecer que gracias a esta biografía (mucho más centrada en Dora que en Walter) se nos abra una ventana más a un mundo aún desconocido.

Dora Kellner sobre Walter Benjamin: "Sus palabras son grandes y sagradas; sus pensamientos y sus obras, reveladoras; sus sentimientos, pequeños y agitados"

Llama la atención la capacidad de resurgimiento sentimental de que hacen gala tanto Dora como Walter, capaces de mantener con toda naturalidad varias relaciones sentimentales a la vez, y de sentirse preocupados el uno por el otro hasta el final, incluso mucho más allá de su divorcio, consumado en 1930. Ella no lo había tenido nada fácil durante su juventud, hija de un intelectual sionista bastante rígido, habiendo sufrido abusos sexuales en una escuela libre para niñas, la de los Schwarwald, y casada luego por obligación con un hombre culto pero más bien depresivo, Max Pollack. También es cierto que Dora y Walter Benjamin no mantuvieron relaciones íntimas entre 1923 y 1929, año en que terminó de estallar el matrimonio y se precipitaron los problemas sobre una pareja acostumbrada a experimentar con toda clase de alternativas ideológicas y vitales. Dora y Walter se dieron permiso mutuo para buscar sexo y amor fuera de su matrimonio, y en un momento de ceguera o prepotencia, Walter pensó que era una buena idea pleitear contra Dora sin entender que ella se defendería a diente y cuchillo, ganaría el juicio y le haría pagar su dependencia de la escenógrafa letona Asja Lacis, presentada por quienes rodeaban al filósofo como un auténtico monstruo caprichoso y definitivamente nefasto. Calle de dirección única, una de las mayores obras de Benjamin, fue dedicado a Asja, y eso es algo que Dora no podía perdonar. Lacis se vanaglorió en sus memorias de haber desviado a Benjamin del camino hacia Palestina para reconducirlo hacia Moscú, con todo lo que esto implicaba en los años veinte. Por su parte, Scholem, que sí desarrolló una plena vida académica en Palestina centrada en estudios judíos, “escribe también que desde 1921 Benjamin carecía de hogar y no sabía dónde estaban sus raíces”. Esta mentalidad nómada no debió de favorecer a alguien que sufría frecuentes “neurosis obsesivas”, y que ciertamente dejó este mundo sin haber conseguido sentirse a gusto en ningún lugar. En cambio, la Dora de postguerra, tras una etapa en San Remo, sí logró estabilizarse en Londres.

Eva Weissweiler

Pero lo más asombroso no es el inconcebible comportamiento de Benjamin (insensible para con su hijo Stefan, desagradecido con su esposa y manifiestamente inhábil para las relaciones amorosas), sino el hecho de que después de despellejarse en los tribunales, un vez liberados de un matrimonio que había dejado de tener sentido, Dora y Walter reconstruyeran una amistad madura y pudieran seguir disfrutando de su compañía mutua. (Y de paso, Dora seguía manteniendo a Walter en una Alemania cada vez más oscura y hostil).


Eva Weissweiler: “Benjamin vivía sus emociones de forma versátil y, en ocasiones, se sorprendía soñando con tres o cuatro mujeres a la vez”

En 1941, Dora escribió a Scholem que Walter Benjamin no hubiera muerto en Portbou si ella hubiera estado allí. Se refería a su ex marido como a un niño genial al que había que proteger, como en los años que pasaron juntos afincados en Berna. Poco después de conocerlo, Dora escribió sobre Walter: “Si lo amas, tienes que saber que sus palabras son grandes y sagradas; sus pensamientos y sus obras, reveladoras; sus sentimientos, pequeños y agitados; y sus actos, todo lo que se corresponde con lo anterior”. Era, en definitiva, un hombre genial pero terriblemente egocéntrico y bastante inestable. Cuenta Eva Weissweiler que “Benjamin vivía sus emociones de forma versátil y, en ocasiones, se sorprendía soñando con tres o cuatro mujeres a la vez”. Lo que sorprende, a la luz de las muchas relaciones amorosas y sexuales que mantuvieron tanto Dora como Walter Benjamin, es cómo les alcanzaban el tiempo y la energía para tanto embrollo trenzado. Porque no vivieron su poliamor (llamémoslo así) con demasiada plenitud, sino que más bien languidecieron de indecisión y celos durante muchos años, antes de que la obsesión del filósofo por Asja Lacis precipitara la crisis final de la pareja.


Dora y Walter Benjamin es también un magnífico friso de la Viena de principios de siglo XX, de la Prusia de los años de la Primera Guerra Mundial y de la sociedad fascinante de la República de Weimar, que nos sorprende por su ambiente explorativo, sexualmente diverso y radical. La biógrafa es especialmente hábil en los párrafos que destina a trazar ese panorama cultural y urbano efervescente: “En el otoño de 1912, Dora y Max [Pollack] se matricularon de nuevo para estudiar Química, aunque es posible que no pisaran mucho la universidad, porque Berlín era demasiado interesante. Más de dos millones de habitantes, los magníficos cines en la avenida Kurfürstendam, los almacenes Tietz en la Leipzigerstrasse, la exposición de la Secesión vienesa con obras de Liebernann, Beckmann, Pechstein y Corinth, los estrenos de las últimas composiciones de Schönberg, la inauguración de la nueva ópera de Charlottenburg, casi cincuenta estaciones de metro y las más provocadoras obras de teatro firmadas por Sternheim. ¿Quién podía interesarse por la química?”. Y el desinterés aumentó durante la guerra al enterarse Dora Kellner de hasta qué punto los científicos más eminentes habían aceptado fabricar gas venenoso para lanzarlo en los frentes unos años después.


Lo mejor del libro es que no tiene buenos ni malos, sino que todo el relato viene presidido por una gran capacidad de comprensión de lo humano, casi cervantinesca.