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La feminista accidental

En memoria de Grace Metalious, la lenguaraz y cándida madre del primer buzz, a la que Gilmanton y el éxito odiaron por igual.


Por: Beatriz García


Durante el verano de 1955, una joven esposa y madre de tres hijos que jamás se sintió demasiado cómoda en su papel de ama de casa, Grace Metalious, recibió una llamada que iba a convertir su sueño de ser escritora en realidad. Un sueño que con los años acabaría tornándose en un infierno. Para ella. Para su familia. Para los casi cuatro mil ciudadanos de Gilmanton, en New Hampshire. Para el hígado de Grace. 

Jacques Champrun, un agente de poca monta al que Grace había enviado algunas de sus obras sin demasiada suerte había conseguido que una pequeña editorial, Julian Messner Inc, publicase su primera novela. De hecho, la editora, Katy Messner, la quería a cualquier precio; le parecía algo lo suficientemente escandaloso y rompedor como para que se convirtiera en un éxito. Y no se equivocó. 

Ya antes de su salida a librerías, Peyton Place llegó a las listas de bestsellers del NYT, de donde no la moverían, consagrándose como la novela más desvergonzada, podrida y obsesiva de los años 50. Y aún hoy, para los muchos estadounidenses, decir “Peyton Place” es casi lo mismo que para nosotros decir “Puerto Hurraco”, un lugar de malísima reputación por hechos que sucedieron en una novela, a la vez basada íntegramente en las vivencias de un pueblo, Gilmanton, y que Grace se dedicó a ficcionar aireando los trapos sucios y cuestionando la moralidad de una sociedad que no soportaba ver cómo su propia mierda salía a flote.


Una mujer que vestía pantalones y aporreaba su Remington hablando de erecciones y revolcones en piscinas.


La vida de todos sus vecinos estaba cifrada en sus páginas: el día que Barbara Roberts (Serena Cross en Pleyton Place), una veinteañera de Gilmanton disparó a su padre que abusaba de ella y de su hermana y enterró su cuerpo en un corral de cabras; las fiestas de tipos duros regadas con abundante alcohol que se organizaban en una granja de la ciudad; las fulanas, las barracas que todo el mundo fingía no ver al otro lado de la ciudad... Incluso el atractivo compañero de trabajo de George, el marido de Grace, apareció en la novela dando vida a ese otro maestro de origen griego. ¡Un escándalo mayúsculo! 

Más si cabe porque todo estaba narrado por una mujer lenguaraz y despreocupada que vestía pantalones y aporreaba su Remington hablando de erecciones, revolcones en piscinas y pezones duros como el hormigón. 

La gente decía: “Oh, no, no leo ese tipo de cosas”, o parafraseaban a los críticos, que llegaron a definirla como “aguas residuales literarias”, pero lo cierto es que uno de cada 29 norteamericanos había comprado Pleyton Place y lo leían a escondidas, se pasaban el manoseado ejemplar de unos a otros e iban en busca de esas escenas de sexo explícito y crueldad que se negaban a ver en sus propias ciudades. 

La familia de Grace Metalious no tardó en sufrir las consecuencias de su libertad creativa. Gilmanton al completo se les echó encima, tanto que acabó convirtiéndose realmente en Pleyton Place: los vecinos lanzaban rumores podridos sobre Grace; decían que se paseaba desnuda delante del cartero, que ella era una iletrada y que fue su esposo quien escribió realmente el libro. Sus hijos, a los que Grace desatendió embebida por las mieles de la fama, sufrieron el rechazo de sus compañeros de clase. Incluso George, su esposo, la abandonó. 

Y ella, que se enfadaba cada vez que algún reportero le preguntaba si su novela era autobiográfica, empezó a meterse en mayores jardines en los que nadie cortaba el césped. 


Gilmanton al completo se les echó encima, tanto que acabó convirtiéndose realmente en Pleyton Place


Cuando Hollywood compró los derechos de Pleyton Place -una película que, por cierto, tuvo un éxito inusitado con nueve nominaciones al Oscar-, Grace Metalious se había casado por segunda vez con un DJ que la desplumó y todo lo que podía ver del futuro era el fondo de una botella. Eso sí, se codeaba con Cary Grant, con el mismísimo Elvis Presley, convertida en la nueva sensación de las celebrities: una regordeta y salada escritora de una única novela descontrolada por el peso de la fama. 

En una ocasión escribió: 

"No me gustaba pertenecer a los Clubes de Amistad y a los clubes de bridge". Y también: "No me gustaba que me consideraran un bicho raro porque pasaba el tiempo frente a una máquina de escribir en lugar de un lavabo. Y a George no le gustaba que no me gustaran las cosas que se suponía que me debían gustar".

Grace tenía muy claro lo que no era; sin embargo, como un día el ya anciano George Metalious contestó a un periodista, su defecto fue que “amaba profundamente”, con una ingenuidad que acabó pasándole factura. Y de las que te endeudan de por vida. 

Alcoholizada y fuera de sí, trató de escribir una secuela de Pleyton Place que tuvo que terminar un escritor fantasma y que fue un sonado fracaso. 

Un día empezó a sentir miedo. Se había quedado sola, apenas sí tenía a nadie con quien hablar que la conociera y le importase la verdadera Grace Metalious. Alguien que le dijese: “Eh, Grace, te ronda la gente equivocada” o “Gracey, apestas a alcohol”. 


“Ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad”. 


Su último amante, un periodista británico oportunista que llegó a Gilmanton en busca de una gran estrella y se encontró a una mujer estrellada, fue la última persona que la vio con vida. 

“Rees”, le llamó desde la cama del hospital. “Rees…, ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad”. Sí, esas fueron sus últimas palabras.

Cuando Grace falleció a los 39 años, Gilmanton se echó a la calle para que no la enterrasen en el cementerio local. Hoy no hay placas en la ciudad, nada que recuerde a su más famosa residente, cuyo único éxito fue tan histórico en el país como Lo que el viento se llevó. Pero bajo su lápida blanca, la mierda contante y sonante de toda una nación sigue oliendo igual que antes. 

Todas las ciudades son Pleyton Place. Pero sólo hubo una Grace Metalious. Una feminista accidental cuyo único pecado fue decir lo que le vino en gana, cuando le vino en gana y de la forma en que quiso pese a todos y pese a sí misma.

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