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La vida sin partes: sobre la filosofía de María Zambrano

“El despertar privilegiado no ha de tener lugar necesariamente desde el sueño. Puesto que sueño y vigilia no son dos partes de la vida, que ella, la vida, no tiene partes, sino lugares y rostros”. Lo escribía María Zambrano aún en su exilio nómada. La filosofía occidental había dividido demasiado las potencias del pensar humano, y había excluido las actividades más integradoras y creadoras del ser humano para imponer un modelo de razón única. María Zambrano desafió estas esencialidades zambulléndose en varias mitologías y tradiciones místicas. Sus libros, desde Nuevo liberalismo (1930) hasta el póstumo Esencia y hermosura (2010) fueron ahondando en estas subversiones.

El relato más insistente de la filosofía española del siglo XX es la reforma del concepto de razón o entendimiento. El primer pensador que desafió el orden positivista para aliarse con el modo metafísico de entender la vida fue Miguel de Unamuno. Julián Marías lo secundó en la medida que necesitaba construir un pensamiento para el ser humano concreto, en el sentido de la necesidad de que la metafísica no se alejara de los intereses biográficos del ser humano con nombre propio y existencia cotidiana. La razón vital orteguiana le ayudó en este camino, y le permitió desarrollar su método. Por su parte, Eugenio d’Ors ampliaba las funciones atribuibles al Inteligencia para que no se limitasen a la confirmación de tendencias estadísticas y científicas: arte, religión y literatura eran también Razón. Pero fue María Zambrano quien planteó una teoría más alejada de la tradición inmediata, denunciando que la metafísica, tal y como había ido entendiéndose desde el siglo de Platón, era de naturaleza violenta, era un arrancar a la persona de sus intuiciones vitales directas para imponerle modelos únicos de interpretación del mundo.

Esta violencia o torsión del espíritu humano por parte de la filosofía racionalista fue uno de los principales hallazgos o descubrimientos de la filosofía de María Zambrano.

No es que, como Unamuno, se ahogara en el positivismo monista o ateo: es que ese ahogo procedía de las torsiones inaugurales del pensamiento filosófico, incluyendo tanto al Ser imposible de Parménides como el destierro de la poesía por parte de Platón, y culminando en la razón angosta e interior de Descartes.

Todos odiaban el irracionalismo. Zambrano no quiso que su crítica al racionalismo se convirtiera en un azar de impresiones indisciplinadas. Ni su tono es el de los desesperados nietzscheanos ni pretendía perder el tiempo protestando, gesticulando, pataleando. Lo que cambió fue el sentido ascético de la búsqueda de la verdad por el retorno a la vía iluminativa, la de los pitagóricos, la del gran extático Miguel de Molinos y la de los grandes místicos españoles del siglo XVI, y a esa nueva razón, que desarrolló en 1939 en su volumen Filosofía y poesía, la llamó razón poética. Y no porque necesitara el verso o la divagación, sino porque encontraba la unidad a través de medios no únicamente racionales y disciplinarios. La verdad era como un claro en el bosque, encontrado ya hecho, de una pieza, y sin esfuerzo, una iluminación repentina que se producía sin haberla buscado, y sin impugnar la evidente diversidad y continuidad del mundo real.

Si violentamos la realidad, conseguimos una unidad falseada, artificial, que no existe.

En Claros del bosque, Zambrano había escrito: “La razón racionalista, esquematizada, y más todavía en su uso y utilización que en los textos originarios de la filosofía correspondiente, da un solo medio de conocimiento. Un medio adecuado a lo que ya es o a lo que a ello se encamina con certeza. Mas el ser humano habría de recuperar otros medios de visibilidad que su mente y sus sentidos mismos reclaman por haberlos poseído alguna vez poéticamente, o litúrgicamente, o metafísicamente.” Se trataba de aceptar el universo tal y como se nos presentaba, con sus secretos ocultos y su variedad, sin obligar al mundo a que aceptara nuestros estrechos conceptos.

Por eso María Zambrano escribe también que no existe un solo sol, sino que existen varios, y que una imagen es siempre varias imágenes, así como un centro son varios centros. Si violentamos la realidad, conseguimos una unidad falseada, artificial, que no existe. Nos forzamos a aceptar unas hipótesis que encajan pero que nos alejan de lo que el ser humano intuye con una fuerza difícil de sofocar. Si nos afanamos en buscar la verdad, ésta nos burla: nuestro ascetismo no sirve para escalar la descripción de lo real ni para arañar la felicidad: nos condena a desconectarnos de lo real para penar como inquisidores.

“El poeta no teme a la nada”, escribía Zambrano en 1939. Porque no buscaba las limitaciones incomprensibles de los severos filósofos, empeñados en excluir la coordenadas humanas de sus especulaciones. Pero una comprensión sin moldes del mundo únicamente puede aportarla un ser humano que se niegue a amputar una parte importante de su psique, la más creativa y la más explorativa.

Los principales filósofos españoles del siglo XX lucharon para desembarazarse del cartesianismo y de una visión demasiado estrecha de lo que era la racionalidad. Pero ninguno de ellos llegó tan lejos como María Zambrano, llena de curiosidad hacia los pitagóricos y los poetas filósofos de la Grecia enigmática.

Las lecciones de Ortega y Gasset le habían abierto los ojos hacia un camino que debía recorrer con sus propios pies, pero era a Unamuno a quien había que seguir.

De Platón, apreciaba su habilidad para construir parábolas y mitos metáfora, no su sentido disciplinario del pensamiento. De hecho, en Claros del bosque (1977), uno de los libros más sintéticos y representativos de la autora, hay capítulos que no son más que glosas de mitos: mitos como los de la Luna y Diana, o el dedicado a Medusa y el Espejo de Atenea.

Las lecciones de Ortega y Gasset le habían abierto los ojos hacia un camino que debía recorrer con sus propios pies, pero era a Unamuno a quien había que seguir. Algunos de los libros de Zambrano los hubiera firmado Unamuno gustoso, porque fue la discípula de Ortega quien le hizo caso y miró de frente a la Esfinge, para desprenderse de una vez de una tradición de conceptos de plomo que se habían vuelto insoportables para la imaginación creadora. Lo que describió María Zambrano fue un camino paralelo de conocimiento totalmente alejado de los campeonatos idealistas y sus moldes urgentes.

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