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Larisa Reisner: la reportera más roja del mundo

La editorial Fondo de Cultura Económica recupera las crónicas alemanas de esta escritora polaca de trayectoria soviética, un modelo de prosa dinámica e informativa en medio del torbellino revolucionario en que se había convertido Europa.


Por: Andreu Navarra


Por razones que no vienen al caso, he tenido que pasar muchos años leyendo libros teóricos de marxistas destacados del siglo XX. No he acabado de entender cómo, escribiendo tan bien Marx, cuyos opúsculos históricos entran generalmente muy bien, se acabó generalizando esa prosa exaltada y falsa de tantos comunistas a partir de la consolidación de la Komintern estalinista. Nada que ver con la prosa de algunos escritores de acción que no renunciaron a la ironía y supieron captar a la perfección el malestar social, sin encubrirlo con toneladas de propaganda heroica o dogmas desconectados de la realidad. Estoy pensando, por ejemplo, en el militar alemán Ludwig Renn, cronista superdotado, que podemos leer gracias a los dos volúmenes que le ha publicado Fórcola (Guerra y La guerra civil española), y que son excelentes, y también en este librito titulado Hamburgo en las barricadas (Fondo de Cultura Económica, 2019), que reúne unas cuantas crónicas de Larisa Reisner sobre tema alemán.

Hay que tener en cuenta que, para los planes del comunismo internacional, y también para todos los revolucionarios y curiosos que querían acercarse a la realidad soviética o a su política, Berlín era un enclave de paso obligatorio. Y no sólo para partir luego hacia las entradas naturales al gigante ruso (Estonia, Leningrado), sino también para asistir al ambiente variopinto de la Alemania postbélica, desnortada y cuarteada por mil conflictos, que tras la sublevación de 1918 no se acababa de encontrar a sí misma. Berlín era estratégica a la hora de determinar hasta qué punto podría expandirse la experiencia soviética por Europa, y por eso Larisa Reisner fue enviada allí para ver qué se cocía en la tumultuosa República de Weimar.


Reisner había nacido en Lublín, población polaca, en 1895, y murió joven en Moscú el 9 de febrero de 1926. Su talento narrativo era indudable: para buscarle equivalentes españoles habría que acudir a los maestros del género: Sofía Casanova, Ramón J. Sender y dos de los que narraron la insurrección obrera asturiana de 1934: José Díaz Fernández y Manuel Chaves Nogales. Y no he trazado este paralelismo por azar: Hamburgo en las barricadas se parece mucho a esos relatos que Libros del Asteroide reunió en su volumen Tres periodistas en la revolución de Asturias (2017), prologado por Jordi Amat y completado por un relato de Josep Pla muy escorado a la derecha por aquellas fechas.


Aunque el levantamiento hamburgueño de 1923 descrito aquí fue de envergadura mucho menor, tuvo un significado parecido al español de once años después. Con una diferencia evidente: mientras en Asturias los socialistas tuvieron un papel protagonista, Reisner dedica gran parte de sus energías a hostigar y satirizar a los miembros del Partido Socialista alemán, a los que acusa de haber traicionado completamente al proletariado alemán y de haberse convertido en lacayos de los políticos militares. Reisner era totalmente partidaria de apoyar un proceso revolucionario encabezado en solitario por los comunistas. Una postura que criticarían abiertamente quienes pensaron, diez años después, que la división y rivalidad entre socialistas y comunistas había dejado el campo libre a Hitler. Es lo que opinaba, por ejemplo, el catalán Andreu Nin.

Reisner dedica gran parte de sus energías a hostigar y satirizar a los miembros del Partido Socialista alemán, a los que acusa de haber traicionado completamente al proletariado alemán.

Pero los reportajes de Larisa Reisner tienen suficiente valor literario para que no nos detengamos únicamente en cuestiones políticas. Por ejemplo, su descripción del puerto de Hamburgo la convierte en una pintora de paisajes industriales privilegiada. Reisner capta como nadie los nervios de las calles, y su pieza “En el Reichstag”, en la que se va mofando de todas las camarillas parlamentarias berlinesas, es una obra maestra de ironía. Sin embargo, es en “Krupp y Essen” donde despliega una mayor capacidad de análisis histórico, relacionando las necesidades de mercado del coloso metalúrgico alemán con el estallido de la Primera Guerra Mundial. “Sólo tomando en cuenta en primer año de guerra,” escribe Reisner, “el giro de la empresa se elevó de 33,9 millones de marcos en oro en 1913 a 86,4 millones en 1914.” Al final, pagaron los platos rotos los sectores asalariados, y la miseria fue royendo los estómagos de las familias alemanas. Ese cataclismo social es el que intenta plasmar la reportera con tintas realistas, resultando de todo ello un vivo cuadro histórico de una época violenta y enloquecida.


Ya nos gustaría a nosotros disponer de una propaganda política tan bien escrita, tan bien fundamentada. Todos los artículos del volumen, menos los inéditos, fueron publicados en la prensa oficial soviética.

Richard Chappell, el prologuista, firma este párrafo: “En 1937 el poeta Ósip Mandelstam observó que Larisa tuvo la suerte de haber muerto a tiempo; para entonces, como él lo expresaba, todas las personas del círculo de Larisa habían sido “destruidas al por mayor”. En su funeral, el 11 de febrero de 1926, cargaron el ataúd Radék, Borís Volin, Enukidze, Lashevich, I. N. Smirnov y Pilniak. Cuatro de ellos fueron asesinados por la burocracia de Stalin unos diez años después, en tanto que Lashevich, como Larisa, “murió a tiempo”. Hermann Remele, el líder comunista al que se refiere Larisa en Berlín, octubre 1923, Lev Sosnovski, escritor, autor de la apreciación final incluida en este volumen, y Karajan, el enviado soviético en China, al que se alude en “Krupp y Essen”, fueron también asesinados en esta matanza. Y cuando Hans Kippenberger se apeaba del tren en Moscú, en 1936, fue arrestado acusado de "agente del Reichswehr” y ejecutado”.

Ósip Mandelstam: "Larisa tuvo la suerte de haber muerto a tiempo"

Y es que Stalin no perdonaba precisamente lo que a Reisner le sobraba: entusiasmo espontáneo y creador por una revolución, así como también talento artístico. El mundo que refleja Reisner en sus crónicas no tiene mucho que ver con el ambiente de los años treinta, monopolizado por los totalitarismos de Hitler y Stalin. Esa prosa falsa y hueca característica de esa otra etapa ya forma parte de un período de agitación burocratizada en ambiente bélico, culturalmente sofocante. Reisner no tuvo que arrastrarse por el fango estalinista, y se ahorró el haber tenido que huir o morir triturada por el aparato de represión soviético. Por esta razón pudo brillar durante los años veinte sin tener que lamentar demasiadas incoherencias o presenciar cómo se volatilizaba su mundo.

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