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Laura Fernández, o la pasión por el absurdo de la vida



Desbordante, loca, prolífica. Periodista, crítica cultural y novelista. Hace más de una década que Laura Fernández (Terrassa, 1981) ocupa un lugar central en todo lo que no es central pero debería serlo. Ha publicado Bienvenidos a Welcome (2008), Wendolin Kramer (2011), El show de Grossman (2013), La chica zombie (2013), #LohmannFan (2017) y Connerland (2017). Tomándoselo todo en serio, tomándoselo todo en broma. Nos hace un gran honor respondiendo a nuestras preguntas para celebrar este inicio de temporada en The Godmother.


Andreu Navarra



¿Qué novela del último año te ha volado el cerebro?


Magic Kingdom, de Stanley Elkin. La ha publicado La Fuga. Siempre me había sentido tentada de leer a Elkin. Está considerado un escritor posmoderno americano, de los que me fascinan, aunque en realidad es más un ampliador de formas, como lo fue, a su manera, Hubert Selby Jr, a la vez que un retratista no bajos fondos en su caso, sino del lado oscuro del ser humano. Se sumerge, sin miedo y sin escrúpulos, en el reverso de lo moralmente aceptable, incluso soportable, y consigue extraer una luz incandescente. Por ejemplo, en esta novela, el protagonista es un padre, al que acaba de morírsele un hijo de 11 años, de una enfermedad angustiosa y horrible, y que decide montar un viaje a Disneylandia con un puñado de niños que están, como su hijo lo estaba, a punto de morir de enfermedades rarísimas. Ajá. Durísimo, ¿verdad? Pues sí y no. Tiene Elkin un don para el humor, un humor negrísimo, que consigue a la vez que lo que ocurre te parezca extravagantemente divertido y desarmantemente tierno. Leerle es una experiencia. También son una experiencia los cuentos de Gilbert Sorrentino, La luna en fuga, que también se han publicado este año, y que por el momento, junto a Magic Kingdom, son lo mejor que he leído en lo que va de 2021. Miento. Uhm. Diría que estos dos son los libros que me han volado la cabeza este verano. El que realmente me ha volado la cabeza este año es Por qué haría yo, de Mary Robison. Fue leerlo y decirme que lo único que quería era casarme con ella. ¡Tiene el cerebro tan desordenado como yo! Y demuestra que la vida es un collage de cosas ridículas.


¿Qué ensayo reciente te ha deconstruido el alma?


No es exactamente un ensayo, aunque lo parece. Tampoco es exactamente reciente, aquí se publicó en 2017, pero lo he leído este verano y aún estoy en shock. Son las dos novelas gráficas que Alison Bechdel le dedicó a su familia, a su padre, y a su madre: Fun Home y ¿Eres mi madre?. Son un tratado de psicoanálisis familiar, que a la vez psicoanaliza grandes obras de la historia de la literatura, empezando por En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y acabando con Al faro, de Virgina Woolf, y que sacude y expone, con una lucidez impresionante, otras muchas, a la vez que destripa su propia vida como si su vida fuese un animal herido y pudiese echarle un vistazo dentro en busca de, quién sabe, el sentido de sus infinitos agujeros negros. Podría decirse que son un género en sí mismas, Bechdel hace algo alucinante que es dar comienzo y cerrar algo completamente nuevo, un híbrido que lleva la novela gráfica, y la novela, a otro lugar, uno en el que se mezcla pensamiento psicoanalítico, estudio literario, narración potentísima, autobiografía y puro proceso creativo. Y, de paso, si te atreves a mirarte al espejo que propone, te psicoanaliza.


¿Qué banda joven nos recomendarías?


Pues soy muy muy fan de Billie Eilish. Hago las críticas de todas sus canciones nuevas en El País porque, sinceramente, me fascina de qué manera lo deconstruye todo. Está por delante de no sólo lo que se está intentando hacer ahora mismo sino lo que se hará dentro de quizá una década. Cada paso que da lo da de una forma retorcida y nihilista y extraña y como con cierto espíritu postgrunge y post-casi-todo que me chifla.


¿Qué anécdotas podrías contarnos de cuando trabajaste en un videoclub?


Infinitas. Por ejemplo, de vez en cuando venía una mujer de alrededor de treinta y tantos, con sus hijos pequeños, y me pedía que le recomendase una película X. Teníamos las películas X en una sala aparte, y me hacía ir allí con ella y con los niños y de repente estábamos rodeadas de todas esas cosas que había en las portadas de las películas X, y los niños las cogían y jugaban con ellas y ella me iba diciendo: '¿Crees que esta será buena?'. Como entonces tenía 18 años y era una nerd que no pensaba jamás en que los demás podían querer algo de mí no supuse en ningún momento que, de alguna forma, estaba tirándome los trastos, pero supongo que era así. O a lo mejor simplemente le ponía hacer eso. No sé si lo hacía con alguien más, pero conmigo lo hizo más de una vez. Y hay algunas antológicas como la señora que entró preguntando si no servíamos en la calle porque creía que era un bar, y cuando le dijimos que allí sólo había películas nos dijo que entonces por qué teníamos mesas en la calle. Lo único que había en la calle era un banco de hierro del ayuntamiento. De vez en cuando había trifulcas porque no teníamos las películas organizadas por temática. Recuerdo un par de parejas que buscaban películas de contenido homosexual – no pornográficas – y se enfadaron muchísimo porque no las teníamos separadas del resto para que ellos las encontraran. O una señora que llegó un día y nos dijo que quería una cinta de grabar para grabar y casi perdimos la cabeza intentando entenderla porque sólo decía eso y era como un bucle y todos le dábamos alternativas y le mostrábamos cintas vírgenes en las que grabar y decía 'Eso no'. El misterio duró puede que diez minutos pero a mí me pareció que duraba dos siglos. Al final dijo las palabras mágicas. 'Una cinta de Isabel Pantoja para grabar'. Es decir, lo que quería era alquilar un cassette de la Pantoja para grabárselo. Le dijimos que sólo teníamos películas. O la gente que te decía 'Dame la última película que hayan dejado en el buzón'. Y se arriesgaban a llevarse la que se llevó la treintañera de los dos hijos de la sala X. Era todo absurdo y delirante y maravilloso. Mi pasión por el absurdo de la vida, que ya había entrevisto cuando trabajé como panadera, nació esa tardes y esas noches en el videoclub. Llevábamos una libreta y lo anótabamos todo. Cada persona que entraba era una posibilidad infinita de humor absurdo. Yo empecé a verlas así muy pronto y es quizá lo más divertido que he hecho en mi vida, trabajar en un videoclub, por eso.


¿Tienes algún filósofo de cabecera?


La verdad es que no. Estoy completamente out del pensamiento contemporáneo, y del no contemporáneo. Supongo que no vivo exactamente en este mundo. O prefiero no hacerlo. Recuerdo que me gustó mucho Popper cuando lo estudié. Aún me explico cosas de la vida y enfado mucho a mi pareja recordando lo único que aprendí de él. Que las cosas podrían no ser como creemos que son. Supongo que eso lo dicen dos millones de filósofos. Pero Popper fue el primero con el que me topé que decía algo así.


¿Cuál ha sido tu experiencia más extrema entrevistando a alguien?


En algún momento de enero de 2019 me enviaron a Chicago a entrevistar a Nick Drnaso, un autor de cómic que había sido nominado al Man Booker. Por entonces en Chicago había una ola de frío que estaba congelando incluso el mar. Como alguien que vive en Barcelona, no estaba en absoluto preparada para esa clase de frío. Llevaba doscientas camisetas debajo de mi anorak barcelonés, e incluso dos pantalones, uno debajo de otro, y varios calcetines y unas botas de montaña y guantes y todo. Fue bastante extremo y extraño estar sola lejos de casa con una misión que los conductores de uber, todos egpicios, con los que me encontraba, consideraban como de otra época. '¿En serio has venido hasta aquí para pasar una hora con ese tío? ¿Desde España?'. Por primera vez me pareció que era demasiado y me sentí un dinosaurio de nuestro oficio. Pero esa no es la experiencia extrema, aunque casi me congelé la mano cuando la saqué del guante para hacer una foto a una calle. Al día siguiente debía viajar a Nueva York para entrevistar a Jennifer Egan y tenía que encontrarme con AM Homes aquella misma tarde en el bar del hotel que hay debajo de su casa. Bien. Llegué al aeropuerto y parecía que se había acabado el mundo. Todos los vuelos estaban cancelados porque todas las pistas estaban heladas. Yo no tenía habitación de hotel ni dinero para pagarme ninguna y me decían en el mostrador que a lo mejor podían pasar DÍAS en aquella situación. Tampoco tenía datos en el teléfono, así que le mandé un SMS a AM Homes – conseguí su teléfono a través de su agente, a quien también le mandé un SMS – y le dije que seguramente me sería imposible llegar a las seis de la tarde al bar, que estaba en mitad de una tormenta de nieve en Chicago. En ese mismo momento, se abrió otro mostrador y alguien dijo que podían enviarnos a Newark. Se suponía que Newark estaba cerca de Nueva York. Me metí en el vuelo. Fue todo un poco extraño. Me sentaron al final del avión. El avión iba lleno de judíos ortodoxos. Todo hombres


Todo hombres. Durante el despegue pareció que el avión resbalaba y luego no dejó de haber turbulencias pero yo me decía que estaba rodeada de gente que debía pidiéndole a Dios que aquello no se cayera, así que no iba a caerse. No se cayó. Escribí a AM Homes cuando aterricé y le dije que llegaría, un poco tarde, pero llegaría. Se alegró. Me esperó. Cenamos juntas en un bar subterráneo. Yo iba congelada. Ella había bajado casi en chándal. Nos bebimos un Jane Jacobs porque aquel sitio era el sitio al que iba Jane Jacobs cuando estaba intentando salvar Nueva York urbanísticamente. Me presentó a la dueña, una mujer mayor encantadora que había conocido a Dylan Thomas cuando iba allí mismo a escribir poemas. Homes miraba lascivamente durante demasiados minutos a todas las mujeres que entraban en el bar. La entrevista se detenía, yo comía lo que fuese que me había pedido, estaba hambrienta, y ella miraba. Luego, cuando supongo que daba por hecho que no tenía posibilidades, continuaba hablando y yo anotaba lo que decía. Acabé achispadísima. Cuando llegué a mi hotel, me di cuenta de que había perdido el pasaporte. Ahí empezó otra aventura. Por suerte, tenía una pareja de amigos en Nueva York que me explicaron cómo conseguir un salvoconducto a través de la Embajada para poder volver.

Mi pasión por el absurdo de la vida, que ya había entrevisto cuando trabajé como panadera, nació esa tardes y esas noches en el videoclub.

¿Qué tal ves la literatura española actual?


Supongo que limitada. Pero no por el talento, que existe, sino porque tengo la sensación de que las editoriales no apuestan por el talento. Tienen miedo. Se han dicho a sí mismas que la literatura española es algo concreto, y todo lo que escapa a eso, uhm, mejor no, se dicen. Todo lo vigorosamente distinto que se publica hoy en España es deudor en algún sentido de la Era Nocilla. Entonces se abrió una puerta y pareció que había llegado el momento de experimentar. Que por fin la literatura española iba a escapar de ese costumbrismo asfixiante que estaba por todas partes cuando crecíamos. Y lo hizo.

Tengo la sensación de que las editoriales no apuestan por el talento. Tienen miedo.

Mi propia literatura es probable que no existiese como literatura publicada si no se hubiese dado ese momento. Tampoco Manuel Vilas estaría donde está. Pero la cosa no llegó para quedarse. Se abrió una puerta, o una ventana, y los que pasaron, se quedaron dentro, y el resto, siguió fuera. Hoy esa puerta se ha cerrado, y los consiguen entrar vienen de la mano de alguien que ya está dentro porque no se corren riesgos. Puede parecer que se corren riesgos con los autores latinoamericanos, en lo que al español se refiere, pero yo diría que tampoco. Porque esos autores ya han despuntado en sus países cuando llegan, de la misma manera que ha despuntado Sally Rooney en Irlanda. Digamos que la edición en España está en la retaguardia, esperando a que salte alguna liebre fuera. Lo que asusta no es que lo hagan los grandes sellos, sino que empiecen a hacerlo también los pequeños. Respecto al auge de la autoficción, supongo que es inevitable. La gente hoy se ve a sí misma como mundos lo suficientemente interesantes como para que interesen al resto del mundo, y no siempre es así. Al menos, no si no juegas a la literatura. Porque la literatura no sólo es narración, sobre todo es forma, es cómo no qué.


Todo lo vigorosamente distinto que se publica hoy en España es deudor en algún sentido de la Era Nocilla.

¿Cómo era la banda que montaste?


Empecé a tocar la guitarra en un centro cívico a los 14 años. Las clases las daba el ex cantante de ADN, una banda punk rock de otro tiempo. Era buenísimo. En el segundo o tercer año, Ricard, que así se llama, vio posibilidades al asunto y nos propuso grabar una maqueta. En cassette, claro. Tenía un estudio en casa. Así que grabamos. Éramos tres chicas y un chico, y él, que se prestó a tocar la batería. La presentamos a un concurso de maquetas de la comarca y ganamos y nos salieron siete conciertos, ¡siete! Cobramos por todos ellos. Yo tenía 17 años. Fue en realidad mi primer trabajo. Lo que hacíamos era lo que se hacía entonces, año 1998, un pop rock muy lo-fi entre Killer Barbies y Dover. Yo tocaba la guitarra. Siempre había querido cantar, pero desafinaba terriblemente. La cosa duró casi dos años. Nos iban saliendo conciertos. Pero nos cansamos y nos peleamos, como pasa siempre. No tanto por ego como por incompatibilidades.

Siempre había querido cantar, pero desafinaba terriblemente.

En el fondo éramos compañeros de curso de guitarra no exactamente colegas. Hay que ser una pequeña familia para que una banda funcione. Nos llamábamos Inverness. El título de la maqueta era We vs. All of U.


¿Qué es lo que más odias de la cultura actual?


El reggeaton. No lo entiendo en absoluto. Como alguien que ha estado en una banda y un poco una purista de lo instrumental, no entiendo una música que no se sustenta en nada. Ni siquiera en la voz. Sólo hay distorsión y ecos y, joder, cada canción que escucho me parece la misma. Hace poco, volviendo de Andalucía en un coche de alquiler sin datos en el móvil, nos dio por escuchar Los 40 Principales, nos topamos con el famoso Del 40 al 1, que ahora, como en una novela de Sam J. Lundwall, es Del 40 al 1 Coca-Cola, maravilloso, la distopía ya está AQUÍ, y acabé con dolor de cabeza. Todo lo que sonaba era exactamente IGUAL a lo que acababa de sonar. Los estribillos eran martilleantes y absurdos y casi alienantes. Me iba diciendo: En algún momento aparecerá Billie Eilish, acaba de sacar disco, tiene que estar en algún maldito NÚMERO, pero NO, sólo había una canción de esas tras otra. Y yo que creía que los 90 que la electrónica era el Mal, ¡JA!



Joy Williams. La he leído tarde, porque al final tu formación es la que es, y a los 15 años eres infinitamente más esponja que a los 30, pero supongo que hace algo que encuentro muy cercano, y de alguna forma, eso permite que permee en lo que hago. Me gusta cómo trata la adolescencia y el mundo como un lugar extraño y a veces hostil pero a la vez instrumental, como un escenario que está ahí para que lo uses. La vida como un juego a veces divertido, a veces macabro. Me gusta su desorientación, y lo profundamente neuróticos y fascinantes y como fuera del mundo que son, y están, sus personajes.


¿Se puede saber qué le pasa a la prensa española actual?


No tengo la menor idea. Soy la clase de periodista que lee infinitamente más novelas que artículos. De hecho, sobre todo leo el Guardian, que tiene una sección de Cultura alucinante, y llega siempre antes a todo. Creo sinceramente que la mejor manera de hacer bien tu trabajo cuando te dedicas a esto es no estar pendiente de lo que se está haciendo para poder hacer exactamente lo que querrías estar leyendo.

Laura Fernández: "Creo sinceramente que la mejor manera de hacer bien tu trabajo cuando te dedicas a esto es no estar pendiente de lo que se está haciendo".

¿Por qué en el volumen en tu homenaje que se editó por tu cumpleaños se dice que no te pareces a Santa Klaus?


Es un guiño a mi próxima novela, que va a titularse La señora Potter no es exactamente Santa Claus. La señora Potter no es lo que parece, o no es tan buena como parece, ¿y quiere eso decir que yo tampoco? Uhm... JOU JOU JOU.


¿Crees en la existencia de vida extraterrestre?


A mí, como a Fox Mulder, me gustaría creer. Es decir, quiero creer. Pero me temo que no creo. Tampoco en los fantasmas. Quizá por eso escribo todo el tiempo sobre unos y otros, porque me gustaría que estuvieran aquí, con nosotros, y que sus vidas fuesen tan absurdas como las nuestras, para que no estuviésemos solos en esto.


¿Qué leías con quince años?


Básicamente, a Stephen King. Un libro tras otro. Por entonces aún no había biblioteca pública en mi ciudad. Ni librería. Los libros únicamente podías comprarlos en el Pryca, ahora Carrefour, y tuve la fortuna de que por entonces salió esa edición maravillosa de Plaza & Janés de Stephen King, la roja de letras negras, e iba comprando un libro tras otro, y los leía escuchando música a todo trapo. Era una especie de ritual. Hoy aún siguen tan pegados a la música con la que los escuché – tampoco tenía muchos discos, y solían ser el mismo disco – que cuando la oigo, se me aparecen escenas del libro. Por ejemplo, leí Misery escuchando Tragic Kingdom de No Doubt, y ese disco para mí es Annie Wilkes y Paul Sheldon todo el rato. Me aterroriza oírlo.

Los libros únicamente podías comprarlos en el Pryca.

¿Cuáles son tus manías y/o rituales a la hora de ponerte a escribir?


No tengo. A menos que cuente que a menudo escribo mientras me tomo una cerveza. Sea en casa o fuera. Tiendo a escribir mucho fuera de casa. Estar rodeada de gente y ruido hace que me concentre infinitamente más que en casa. Mi déficit de atención es enorme, y no puedo pasar sentada más de diez minutos si no estoy haciendo otra cosa, como tomarme algo en un bar. Vale también un café. Oh, lo que si hago es tener alrededor libros de los que pueda sacar buenos nombres. Los volúmenes de cuentos de Philip K. Dick son perfectos.


¿Crees que hay otros mundos pero están en éste?


Sin duda. Sobre todo, en lo que respecta a tener o no tener dinero. La gente con dinero vive en otro mundo, literalmente. Pero es éste. Sólo que una tranquilidad tremenda, e infinidad de cosas. Con barra libre en todas partes. Con la oportunidad de expandirse en todas direcciones y en todas a la vez.

La gente con dinero vive en otro mundo, literalmente.

¿Qué es para ti la ciencia ficción y/o el género fantástico?


Es la libertad absoluta. Que todo lo que imagines sea posible en todo momento. No hay un género mejor. Pero, en realidad, eso es para mí la literatura, en un sentido más amplio. Por eso me fascinan los escritores posmodernos norteamericanos. En algunos casos se les ha considerado escritores de ciencia ficción, como le ocurrió a Kurt Vonnegut, cuando lo único que están haciendo es no deteniéndose ante nada.


¿Cuál de tus novelas volverías a escribir desde el más puro placer nietzscheano?


¡No lo sé! Supongo que Bienvenidos a Welcome, porque añadiría un montón más de cosas y le daría más peso a todo el mundo, especialmente a Amanda Arden. A veces se me ha pasado por la cabeza escribir al menos una segunda parte. He llegado a tener el argumento y capítulos. Tengo un capítulo que es una conversación futura entre Amanda y su hermano, el alcalde en perpetuo encogimiento, Claudio Arden, que me encantó escribir. Me gustaría volver a todos ellos y ver cómo están ahora.

¿Con qué escritora muerta te hubiera gustado charlar con una cerveza?


Stella Gibbons. Es la autora de La hija de Robert Poste (1932) y de un puñado de novelas divertidísimas en las que se ríe de todo y, especialmente, de la condición de las mujeres entonces. No ocurre a menudo toparse con una escritora que sepa reírse de sí misma, como pasa con la genia Chris Kraus, y me encantaría tomarme una cerveza con ella, o un té, lo que le apeteciese, y que me hablase de qué estaba leyendo entonces y cómo la volvió la vida tan apasionadamente absurda. También fue periodista, en los años 30, en la mágica Fleet Street londinense. Podría preguntarle cómo eran las redacciones entonces y lo seguramente absurdo también del choque de egos de la época. Si pudiera añadir a la cita a otra autora, elegiría a Rose Macaulay, porque Las torres de Trebisonda es uno de los libros más divertidos que he leído y que, para mí, anticipan a la propia Chris Kraus.


¿Cuál es tu arma preferida?


No tengo. Supongo que la pistola. Creo que hay belleza en una pistola antigua, de las que supongo debían usarse en el siglo XIX en Estados Unidos. Una pistola de vaqueros. Recuerdo que tenía una de balines de niña y a veces jugaba a llevarla encima, como si de verdad pudiera protegerme. Es curioso, mi hija tiene una muy parecida y hace lo mismo. A veces es lo único que se lleva cuando salimos a la calle. Y no ha visto una sola película de vaqueros, ni ninguna ficción en la que alguien dispare a otro alguien.


¿Qué andas preparando?


Estoy ultimando la publicación de mi sexta novela. Se titula La señora Potter no es exactamente Santa Claus. Es una historia de fantasmas profesionales y escritores de novelas de terror absurdo, ambientada en la siempre desapacible Kimberly Clark Weymouth, la pequeña y eternamente aquejada por heladas ventiscas, ciudad en la que Louise Cassidy Feldman ambientó un clásico infantil protagonizado por una señora barbuda que no es exactamente Santa Claus. Su fama ha permitido que Randal Peltzer abriera una exitosa y navideña tienda de souvenirs que, dado el agrio y frío carácter del lugar, es lo único que resulta atractivo del mismo. Cada día, la ciudad, aislada y paranoica, recibe a lectores de la excéntrica Feldman, y vive, a regañadientes, de ella. Pero ¿qué pasaría si, harto de un destino que no ha elegido, Billy Peltzer, el hijo del abnegado y muerto Randal, decidiese mudarse a la soleada y sonriente Sean Robin Pecknold? Oh, nada bueno, me temo. En cualquier caso, queda poco para saberlo. La publica Literatura Random House el 4 de noviembre. Y es mi primera novela en cuatro años y medio. Connerland se publicó en mayo de 2017.