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Los nocilleros: la generación que nunca fue

En el mundo literario, la división en generaciones ha sido un amargo limón que hemos exprimido por completo: generación del 27, generación del 98, generación Beat, generación Kindle… Todas ellas se configuran en torno a vivir una misma época, similar formación intelectual y un hecho -en principio- significativo. Factores tan amplios que dificultan crear unos estándares para la categorización y plantea numerosas cuestiones: ¿cuáles son los hechos determinantes para la creación de una generación literaria? Y, especialmente, ¿es necesaria? ¿creamos de manera ficticia generaciones literarias? ¿con qué fin?


Mercedes Candel


Si hablamos de boomers, milenials o generación Z, nos será sencillo encontrar en nuestro interlocutor la complicidad y el entendimiento. Alrededor de estas etiquetas hemos conformado toda una clasificación y descripción que nos define. Como si de una suerte de zodiaco se tratara, nos dicen, en un intento de definir la colectividad, que los boomers son independientes, los milenials versátiles y los centenials superficiales. Aunque esto dependerá, como las predicciones astrales, de a quién le preguntes.

En el inamovible canon literario español, que metió en el mismo saco a Vicente Aleixandre y a Federico García Lorca, se empieza a atisbar en el siglo XX la infertilidad de este método clasificatorio, y se hizo patente con la llegada del nuevo milenio y la Generación Nocilla. En las siguientes líneas, buscamos ofrecer un estudio acerca esta (no) generación como un fenómeno que va más allá de la literatura, como un fenómeno cultural en el comienzo del milenio.

A principios de los dosmil, la llegada de Internet a nuestras vidas, supuso uno de los cambios de paradigma más relevantes de la humanidad, comparable al día que saltaron chispas de la fricción de dos piedras o a la tarde en la que Gutenberg fundió en metal cada una de las letras del alfabeto por separado.


Internet ha revolucionado la manera en la que nos comunicamos, en la que nos relacionamos, en la que enseñamos, en la que estudiamos, hasta en la que pensamos. Y, pese a que empieza a desarrollarse a mediados del siglo pasado, la realidad es que el verdadero momento de ruptura entre el convulso siglo XX y el -más ajetreado aún- siglo XXI es la democratización de este Internet, la llegada de la red de redes a la población común. En estas circunstancias, en el que surgen nuevas realidades y nuevas formas de comunicación, también aparecen nuevas formas de narrar estas realidades - y ficciones-.


Dentro de estas nuevas formas de narrar, destacaremos, por un lado, la autoficción, que constituye una de las formas más relevantes de la reciente narrativa experimental española, en tanto que nace de la búsqueda de la superación de los géneros literarios tradicionales a través de la mezcla de lo real y la ficción, de la novela, el ensayo y la autobiografía que participa -y sobrevive- de la ambigüedad. Y, por otro lado, aquellas que explotan las nuevas tecnologías como material literario, esto es, internet y todo lo que implica (chats, redes sociales, blogs…), cuyo ejemplo paradigmático es la serie Nocilla de Agustín Fernández Mallo y que incluye Nocilla Dream, Nocilla experience y Nocilla Lab, que da nombre a la Generación Nocilla. Pero ¿de dónde vienen? ¿quiénes son? ¿qué hacen?


Como señala Benoit Mitaine en “Agustín Fernández Mallo: la generación Nocilla” (2011), si hemos de buscar una fecha que sirva como el pistoletazo de salida de la cultura de los dosmil, no es el uno de enero de 2000, sino el once de septiembre de 2001. Ese día se produjo un choque entre civilizaciones que tuvo consecuencias políticas, económicas y sociales, pero también - y, sobre todo- culturales. De esta manera, asumimos, como en su día los redactores del número 271 de la revista Quimera, que la primera literatura que es propiamente del siglo XXI es aquella que empieza a conformarse tras el 11 de septiembre. Esta revista, además de anticipar el nuevo paradigma literario, se convirtió en una vitrina e impulso perfecto para la generación literaria que estaba gestándose, la Generación Nocilla.


El jueves 19 de julio 2007, la periodista y jefa de redacción de El Cultural, suplemento cultural de El Mundo, Nuria Azancot, publicó “La generación nocilla y el afterpop piden paso”. Con este artículo, a la vez que materializó y puso ante los focos mediáticos una nueva generación literaria, acuñó su nombre tomando como obra paradigmática Nocilla dream, de Agustín Fernández Mallo.


En esta generación integra a Vicente Luis Mora, Jorge Carrión, Eloy Fernández Porta, Javier Fernández, Milo Krmpotic, Oscar Gual, Mario Cuenca Sandoval, Lolita Bosch, Javier Calvo, Doménico Chiappe, Gabi Martínez, Álvaro Colomer, Harkaitz Cano, Juan Francisco Ferré, Germán Sierra y Agustín Fernández Mallo. Esta lista fue completada por Vicente Luis Mora con: Diego Doncel, Mercedes Cebrián, Robert Juan-Cantavella, Salvador Gutiérrez Solís y Manuel Vilas.


Ese mismo día, el propio Vicente Luis Mora, en un ejercicio propio y característico de estos nuevos escritores, publica una respuesta a este artículo en su blog en el que, junto a otros dos integrantes, Eloy Fernández Porta y Jorge Carrión, reaccionan a los postulados de Azancot. Entre otras cuestiones, Luis Mora cuestiona y rechaza el empleo de los términos “generación”, por un lado, y “nocilla”, por otro por encontrarlos carentes de sentido.

Frente al rechazo de la crema de cacao y avellanas, se propusieron otros nombres para el grupo, como "Mutante", por la antología Mutante. Narrativa española de última generación publicada por Berenice en 2007, o "Afterpop", título del ensayo de Eloy Fernández Porta Afterpop. Literatura de la implosión mediática, publicada el mismo año y que, junto a Nocilla Dream conforman las obras paradigmáticas del grupo. No obstante, ninguno triunfó tanto como “Generación Nocilla”. Tanto la prensa cultural como la crítica literaria, acuñó, asimiló, difundió y fijó esta etiqueta hasta la actualidad; pues se encontraban completamente desconectados con las realidades que en los nuevos medios de comunicación se estaban gestando, muestra de un desinterés en comprender realmente lo que suponía el movimiento -revolucionario- que estos escritores estaban emprendiendo.


Adentrándonos en su literatura, caracterizar de manera conjunta la obra de los nocilleros resulta una compleja tarea si tenemos en cuenta, además de la amplia producción, las propias características de la propia producción narrativa en sí.


Pero, si hemos de caracterizarlos de manera general, encontramos en la literatura de la Generación Nocilla espacios urbanos relacionados con las realidades cotidianas como son las oficinas, agencias de publicidad, salas de cine o discotecas; personajes jóvenes alienados sin una ideología clara; tramas centralizadas en la actualidad de estos, sin historia pasada o futura; lo fragmentario y la inconclusión, además del formato propio de internet, de los blogs y webs; y la apelación a la cultura popular.


Se trata de un modelo literario altamente fecundo en la última década que pone de manifiesto una verdadera transformación ideológica frente a sus predecesores. En cierta manera, se trata de una voluntad manifiesta de aguardar en el mundo de ‘lo otro’, lo alternativo, lo indie, fuera del sistema y articulado al margen del mercado editorial convencional, aunque finalmente fueran engullidos por este.


Uno de los puntos que debemos destacar de este grupo de nuevos narradores es el afán por reflejar la influencia de las nuevas tecnologías en la manera en la que conciben la literatura. Así, afloran los blogs personales en los que los difunden información sobre sus publicaciones o fragmentos de sus obras, pero también, y, sobre todo, sus opiniones personales sobre literatura. De esta manera, los autores pasan a configurarse también como críticos literarios sin necesidad de un medio convencional que les respalde. Además, se rompe la frontera entre el lector y el autor, pues estos usan los mismos canales y pueden interactuar, se encuentran al mismo nivel, lo que constituye un precedente para las relaciones que se establecen en la actualidad a través de redes sociales como Twitter o Instagram.


Y ¿qué pasa con la generación Nocilla, hoy? Cuando en enero de 2014 un entrevistador de La voz de Galicia le pregunta a Agustín Fernández Mallo por la Generación Nocilla, este vilipendia toda existencia del grupo literario con su respuesta: «ni existe, ni existió nunca. Una generación es imposible que exista sin que sus miembros quieran que exista. Fue algo que la prensa cultural acuñó» al tiempo que marca distancia con otros de los miembros, pese a sentirse afín a ellos. De similar forma, Jorge Carrión responde ante la revista Jot Down en 2017 que la generación Nocilla no existió, ya que no hubo un grupo cerrado como tal. Además, pone el foco en uno de los errores mediáticos más olvidados: la omisión de autoras como Mercedes Cebrián o Lolita Bosch ante la omnipresencia de los autores masculinos.


Pese a ello, la idea generacional se mantiene aún viva gracias -o por culpa de- los medios de comunicación. Así, podemos afirmar que la no-generación Nocilla se constituye como una “anti-generación” literaria, un grupo de autores que trataron temas y géneros dispares pero que coincidieron en romper con el relato -y la manera de relatar- del siglo XX haciendo confluir la cultura cotidiana, internet y la literatura en una escena independiente de las grandes editoriales y del gran público. Puede constituirse como el primer grupo literario español que disuelve de manera tangible la frontera entre alta y baja cultura y que cultiva la posmodernidad de manera consciente, transgresora y revolucionaria.