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Patricia Highsmith, una héroe-criminal en tiempos de moral estrecha

Simpatizaba con los criminales porque envidiaba su “espíritu libre” y su capacidad de no doblegarse ante nadie. Y ella hizo lo mismo, aunque te joda.


Por: Beatriz García Guirado


Misógina, racista, alcohólica, violenta, antisocial, obsesa de los caracoles… A Patricia Highsmith se le valora sobre todo haber escrito, como dijo Graham Greene, una obra “sin límites morales”. Y sin embargo, a pocos escritores se los ha juzgado moralmente tanto como a ella, especialmente tras su muerte, en 1995, cuando parece que el silencio eterno de Highsmith abrió la veda a toda clase de cotilleos tildados de periodismo cultural. Chismes que verán su concreción este año 2021 con la publicación de sus diarios íntimos encontrados en su casa en Suiza, tras unas toallas y unas sábanas. Patricia estaba esperando que lo hiciéramos, dijo su editora -y por eso los puso tan a la vista…

Sobre ellos, el corresponsal de ABC escribió: “Tras su muerte (Highsmith) no ha podido evitar que le levanten la falda a su vida personal”. También en La Vanguardia se definió su vida como “tumultuosa”, por tener una relación conflictiva con su madre y con su homosexualidad. Entonces, diría que la vida de la mayoría de nosotros es “tumultuosa”.


Que puntuase a sus amantes en una libreta o que tuviese 300 caracoles en su jardín suelen ser el tipo de anécdotas bobas que acompañan a su figura, aunque es su pasión criminal, su total empatía con el delincuente, lo que más fascina de ella.

En ella hay un total respeto a la mente criminal

La honestidad con la que Highsmith definía cariñosamente a personajes como Tom Ripley como “héroes-criminales”, al tiempo que le repugnaba y entristecía el saber que para que sus libros llegasen a ser adaptados a la televisión y al cine -y sufrió muchísimos rechazos en su carrera- debía sacrificarlos. CASTIGARLOS. Y que el peso de una justicia que no se encuentra, según dijo, ni en la naturaleza ni en la vida, cayera sobre ellos para reconfortar al lector común, a quien le gusta la brutalidad siempre que la ejerzan los buenos. Los legitimados.


La norteamericana, que siempre buscó aislarse de los mortales porque somos “mortalmente” aburridos, simpatizaba con los “malos” inteligentes y sofisticados como Ripley, con quienes imaginan crímenes que acaban cometiendo de forma incalculada o a quienes las rejas de una prisión envilecen y empujan al asesinato. “Los encuentro interesantísimos -dijo en Sus...pense (Círculo de Tiza)-, a menos que sean monótona y estúpidamente brutales”.


En ella hay un total respeto a la mente criminal, a unos personajes fascinantes porque “no se doblegan ante nadie” y son, al menos por un tiempo, “libres de espíritu”. Ambas cualidades bastante necesarias en una época de sermones y sermoneadores donde la verdad en todas sus variantes vale menos que un "te quiero" en una primera cita.

Patricia Highsmith: "Tal vez lleve dentro de mí un impulso criminal grave y reprimido."

Honesta con su oscuridad, Highsmith reconocía en su anti guía para escribir suspense (no hay ninguna regla para ello) que “tal vez lleve dentro de mí un impulso criminal grave y reprimido, pues de lo contrario no me interesarían tanto los delincuentes o no escribiría sobre ellos tan a menudo”. Al mismo tiempo que veía el asesinato, también en literatura, como extensión de la ira. Y un derecho, coño: matar en un libro, sublimar una pulsión carnicera.


A la vez que convirtió cada una de sus historias en armas peligrosísimas de las que llegó a advertir que nunca debería estar en los estantes de la biblioteca de una prisión. Novelas como La Celda de Cristal y relatos tan afilados y cortantes como un pedazos de un espejo roto que proyectan nuestra ambigüedad moral.

Aunque Highsmith no viese a las mujeres más que como víctimas u objeto de los celos, y sus personajes fueran varones que se definen por oposición pero que encuentran afinidades en el crimen -como Guy y Bruno en Extraños en un Tren, o Rydall y Chester en Las dos caras de enero-, no hay duda de que es madre de todos los delitos inventados y reina de las asesinas. Ella. Patricia Ripley.


De cualquier forma, qué más dará que sus “héroes” sean varones, que escribiese cuentos que ella misma tituló de “misóginos”, si hizo y pensó lo que quiso, y no puede haber nada más delictivo, liberador y necesario.


Ser una antiheroína.


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