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Sexualidad: gana la banca

Herder publica El capital sexual en la Modernidad tardía, de las sociólogas Eva Illoux y Dana Kaplan, una reflexión valiente sobre el fenómeno creciente de las carreras profesionales que prosperan gracias a la deseabilidad de un perfil digital y no a otras formas más clásicas de meritocracia laboral.


Por: Andreu Navarra


Hace poco un conocido que se dedica a la dirección teatral llegó a una cena presa de la desorientación más intensa. Preguntado por el motivo de su consternación, nos explicó que acaba de ver una obra de teatro, muy aplaudida y celebrada en la ciudad, en la que una mujer desnuda mostraba su sexo como un centenar de veces. Este dramaturgo se consideraba un autor de vanguardia, pero no podía comprender por qué razones era tan laureada una obra que, con toda evidencia, carecía de las virtudes técnicas más elementales. El capital sexual en la Modernidad tardía podría ayudarle a encontrar la clave de todo.

Para las sociólogas Eva Illouz y Dana Kaplan, las clases medias precarizadas en Occidente están convirtiendo la “deseabilidad” o el capital sexual individual para tratar de estabilizar sus carreras profesionales o creativas, porque el mundo liberal, con la llegada de las nuevas tecnologías, se ha esfumado. Es la razón por la cual personas que se consideran totalmente progresistas, o incluso radicales, no aceptan la nueva etapa en la que un extraño exhibicionismo parece haberse apoderado de los campos artísticos, desplazando todas las demás categorías de valoración o producción.


Para encontrar el origen de nuestra sociedad hipersexualizada, éste es el libro adecuado. Describe una nueva moralidad neoliberal, según la cual es acusada de “conservadora” o “reaccionaria” cualquier experiencia que no esté especialmente interesada en la exploración y la ruptura de las identidades sexuales. En otras palabras, adoptar una identidad estable, no indagativa, está mal visto en los nuevos tiempos, en esta Modernidad Tardía que tan nerviosos pone a tantos. Lo “bueno” es lo rompedor y lo público, la ausencia de intimidad; lo “malo” es lo tímido, lo reservado o lo “normativo”. ¿Cuántas veces no habremos escuchado esta palabra (“normativo”) como el gran término peyorativo de nuestra cultura? Una cultura muy evidentemente intervenida por las categorías del mercado, en las cuales una apariencia líquida o un aspecto estudiadamente ambiguo resultan una garantía de éxito social, donde falte la fortuna dineraria.

Según las autoras, que desean inscribirse en una corriente marxista-foucaultiana, la obsesión por cancelar las categorizaciones sexuales tradicionales es un resultado de una crisis sistémica de clase.

La polémica está servida: “El siglo XX comenzó con la escisión victoriana entre el yo público y el yo privado, concediendo al sexo un lugar central como la verdad escondida bajo el yo público de cada uno. El siglo terminó privilegiando la sexualidad como “el lugar en el que ha de hallarse la verdad de nosotros mismos”, pero ahora es a través de la “proclamación pública de la identidad sexual” (pág.1). La tesis de Eva Illouz y Dana Kaplan queda formulada con toda claridad: lo que durante el siglo XX fue una clara transgresión revolucionaria, se ha convertido en uno de los factores de intercambio comercial más importantes del mundo presente. Lo que hace apenas unas décadas nos parecía lleno de transgresión, nos parece hoy anclado en formas de dominación que no sabemos identificar: “Las polaridades estáticas de la moralidad liberal se disuelven en engendros de indeterminación erótica llena de placer” (pág.68).


Lo cual nos conduce a una pregunta fundamental: ¿es reaccionario tratar de diseñar una respuesta coordinada a la invasión de desnudos, a la deconstrucción de la personalidad sexual? En primer lugar, parece sano evitar las etiquetas de “bueno o malo”. La principal virtud de Illoux y Kaplan es su ausencia de juicio crítico o moral: se dedican a historiar el presente, valga la paradoja, para explicar lo que nos está ocurriendo. Y no era nada fácil.


Según las autoras, que desean inscribirse en una corriente marxista-foucaultiana, la obsesión por cancelar las categorizaciones sexuales tradicionales es un resultado de una crisis sistémica de clase. Así como la mujer pobre ha sido convertida tradicionalmente en prostituta, trabajadora sexual o, en el sentido radical de Emma Goldman, prostituida a través del matrimonio convencional, parece que un proceso parecido de explotación sexual está afectando tanto a hombres y mujeres en su intento por sobrevivir en unos entornos urbanos demasiado competitivos. Somos demasiados los que nos buscamos la vida en los sectores culturales, y parece que la única forma de destacar en un mundo de redes y de meritocracia prácticamente evaporada, sea nuestra capacidad por inspirar deseo y parecer atractivo: “Sin lugar a dudas, el juego performativo con códigos culturales es una declaración de moda posmoderna”. Y unas páginas antes: “El capital sexual –la capacidad de obtener autoestima de nuestras elecciones y experiencias sexuales- puede que se haya convertido en una estrategia de los trabajadores (potenciales) para hacer frente a las inseguridades que les impone el capitalismo neoliberal” (pág.66).

Illouz y Kaplan: “Las polaridades estáticas de la moralidad liberal se disuelven en engendros de indeterminación erótica llena de placer”

Esta marginación voluntaria, o quizás, poniéndonos clásicos, podría hablarse de alienación a gran escala, afectaría no tanto a un género concreto como a una nueva clase subalterna: la de los antiguos retoños de una clase media venida a menos que no ha encontrado moral propia con la que combatir las reglas de juego que las grandes corporaciones dictan actualmente. En un mundo precario e inseguro, sólo el salto al vacío identitario, la apariencia de riesgo, puede ser un perfil aceptable. Se necesitaría, pues, no una tronada ideología para la defensa del trabajador, sino un nuevo esquema de análisis defensivo para el que se somete incluso antes de trabajar, o para el que nunca trabajará excepto si se presenta a sí mismo como una bomba sexual sin límites.


Así como el mercado actual se basa en el comercio de datos que permitan construir perfiles comerciales futuros, la empleabilidad futura se construirá a base de cánones y clasificaciones estéticas que incidirán poderosamente nuestros cuerpos, y se marginará al que no encaje con un determinado ideal desestabilizado y aventurero acorde con el ideal humano del mundo neoliberal.


Ya lo dijo Nietzsche: iban a invertirse todos los valores. Controlarse, recatarse, permitirse el sexo sólo en la esfera más privada, derivaría en la situación actual, en la que parece que dudar del exhibicionismo como categoría estética se haya convertido en una forma de exponerse a la cancelación cultural. En otras palabras, en la nueva moralidad neoliberal, el que no se exhibe es sospechoso. Y de ahí a convertirse el pobre atrevido, el “recatado”, en un hereje, hay solo un paso en los ritos públicos de la actualidad, tan inclinados al linchamiento y tan especialistas en condenar a la invisibilidad.


La única objeción que le hacemos a Capital sexual en la Modernidad tardía es que sea demasiado sintético, que no desarrolle más ampliamente sus hallazgos. Se trata, claramente, de un opúsculo que es el resultado de muchos otros trabajos anteriores; sin embargo, podría haber desarrollado algo más lo que se desprendía de la bibliografía citada en el aparato de notas. Illoux y Kaplan convencen por la rotundidad de sus ideas y su lucidez, pero no habría estado de más exponer más experimentos de los que citan someramente para que el lector pudiera cargarse de argumentos. Posiblemente, también, para empezar a pensar en una contramoral que evite, precisamente, la consolidación de la nueva forma de dominio descrita.


Aunque quizás no haga falta: el caso de la dramaturga y poeta bombástica Juana Dolores, y centenares de perfiles digitales de escritor@s que proclaman sus preferencias sexuales en la Red, y que “triunfan” por ese motivo o esperan hacerlo, son ejemplos ilustrativos de lo que explican Illouz y Kaplan. Donde los textos ya no son leídos, donde no importa tanto la calidad de las obras artísticas (porque han naufragado esas categorías modernas), parece que el único agarradero que les quede a tantos creadores y creadoras sea el poder de sugestión de sus fotografías, y su capacidad de performativizar su sexualidad en directo. Actualmente, no habría otro modo de llamar suficiente la atención como para poder sobrevivir. Actualmente, lo que nos parece una crisis inmensa o una urgencia de nuestra época no sea más que una mera moda, ni mejor ni peor que todas las demás, las que fueron, y las que vendrán.



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