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Un río que invierte el tiempo: “La muerte feliz de William Carlos Williams”, de Marta Aponte



Candaya publica la última novela de la puertorriqueña Marta Aponte, que acaba de visitar Cataluña con esta pequeña obra maestra de la prosa narrativa y de pensamiento a la vez bajo el brazo.


Andreu Navarra


La pasión suele ser torrencial, pero la pasión literaria que pone Marta Aponte en su nueva novela no se convierte precisamente en un río. Marta Aponte es un producto terral, su persona destila armonía con los seres y objetos que la rodean, y esta era también la filosofía de William Carlos Williams, enemigo también de los fuegos artificiales de la vanguardia más fastuosa, y empeñado en derribar los muros cognitivos y espirituales que separan al poeta de las cosas de las que él mismo emana.


Esto es lo que vino a contarnos Marta Aponte en la presentación de su novela en la librería Lata Peinada, un rincón de Barcelona que va acumulando luz y magia a medida que van pasando por sus sillas personajes como Marta Aponte, cuya impronta no se puede borrar fácilmente.


William Carlos Williams vivió una relación compleja con su madre

Entre muchas otras cosas, por ejemplo: la predilección de William Carlos Williams por Ezra Pound y la tirria que le inspiraba TS Eliot, o la significación histórica del republicano radical Ramón Emeterio Betances, que late en “La muerte feliz de William Carlos Williams”, y que debería estudiarse al lado de los grandes inconformistas españoles que lo rodearon, como el irreductible Ruiz Zorrilla o Luis Bonafoux.


William Carlos Williams vivió una relación compleja con su madre, Raquel, pintora explosiva que no podía hacer un papel convencional en ninguno de los escenarios en los que se desenvolvió su vida: Mayagüez, París y Rutherford. Ser mujer pobre y de color café con leche cerraba puertas, y aun así Raquel Helena Hoheb no se rindió y siguió causando problemas luminosos. porque la creación es un conflicto que enfrenta la creatividad con los muros.


“La muerte feliz de William Carlos Williams”, decíamos, no es una novela torrencial; torrencialmente surgió esta prosa pero ya muy poetizada de serie, muy contenida y ahormada por una concepción de la literatura totalmente alejada de los gestos y los molinillos autoriales, muy atenta a la construcción impresionista de los espacios urbanos. Marta Aponte es así también: alejada de los exaltamientos nietzscheanos, es simplemente una sabia, una apasionada de la vida y una coleccionista de recuerdos. A través de una poesía conceptista, la autora reconstruye con gran rigor, a los personajes históricos que acaba fundiendo con su propia historia personal y vital. Marta Aponte es así: un arroyo seguro de sí mismo que ha sabido llegar al secreto de la vida pero no se ha puesto a gritar por ello. Quizás porque el secreto consistía en no gritar.


El torrente le va por dentro y se condensa en su sonrisa perpetua, en su estudio paciente de los archivos y las literaturas que más le comunican, pero su música no busca nunca atronar. Suena más a Ravel que a Wagner, suena más a un jardín de Rusiñol que a una perspectiva de George Grosz. Se contenta con explicarnos la historia de una pintora madre y su hijo poeta con todo lujo de detalles significativos, porque ese detallismo iluminador es lo que une las escrituras de Marta Aponte y William Carlos Williams, sus poesías hermanas a través del tiempo.