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Una luna inmensa y extraña: los diarios de Japón y la India de Joanne Kyger

Principios de 1960. Joanne Kyger embarca en San Francisco rumbo a Japón. El viaje da comienzo con una mujer que no quiere casarse y que no tiene muy claro todavía qué va a hacer en Kioto más allá de reunirse con su compañero, el joven poeta y estudiante de budismo zen Gary Snyder. En febrero ya está casada y lleva el apellido de su marido. Las convenciones de la época en la sociedad japonesa lo requieren para poder vivir bajo el mismo techo.

Por: Mónica Caldeiro


Principios de 1960. Joanne Kyger embarca en San Francisco rumbo a Japón. El viaje da comienzo con una mujer que no quiere casarse y que no tiene muy claro todavía qué va a hacer en Kioto más allá de reunirse con su compañero, el joven poeta y estudiante de budismo zen Gary Snyder. En febrero ya está casada y lleva el apellido de su marido. Las convenciones de la época en la sociedad japonesa lo requieren para poder vivir bajo el mismo techo.

Así dan comienzo los diarios de Japón y la India (1960-1964) de Joanne Kyger, que en su primera edición se publicaron bajo el título Strange Big Moon. The Japan and India Journals: 1960-1964. Como Anne Waldman apunta en el prólogo, Joanne fue una poeta entre movimientos, una categoría inclasificable en sí misma: su figura que se sitúa en el centro de diversos movimientos como el Renacimiento de San Francisco, la Generación Beat, los poetas de Black Mountain, el Renacimiento literario de Bolinas y la Escuela de Nueva York. Es posible que la evasiva de su obra a encasillarse en una categoría haya sido el motivo por el cual su trabajo no ha tenido la visibilidad merecida o bien la razón por la cual parte de la crítica se ha empeñado en etiquetarla dentro de las «mujeres de la Generación Beat». Los Diarios de Japón y la India, publicados ahora por Varasek Ediciones, ofrecen al lector una mirilla a través de la cual observar ese momento en el tiempo en el que Joanne formó parte de la aventura de la Generación Beat desde un punto de vista vital, aunque no compartiera la misma actitud estética. Así que en estas páginas hallamos el relato de los cuatro años que Joanne pasó en Kioto, donde estudió zen e ikebana y se ganó la vida con pequeños trabajos para, más tarde, viajar por la India con Snyder, Allen Ginsberg y Peter Orlovsky.

Joanne Kyger: "Me preocupa intimar con alguien, sometiendo mi propio yo."

Los diarios de Kyger destacan en varios aspectos dentro de las narrativas y memorias de las llamadas «mujeres de la Generación Beat» por un motivo principal: Joanne no escribió un relato en el que pretendiera dar una visión distinta u opuesta a la de sus coetáneos masculinos, aunque sin intención lo haga. Es inevitable que el lector la acompañe, día tras día, en su ajetreada vida social, en los quehaceres domésticos, en la práctica del zen y también en aquello más desnudo: su búsqueda de una identidad como escritora y también como mujer insertada casi con calzador en un rol de vida doméstica en el que se siente incómoda y hacia el que manifiesta una tensión constante. También le sucede con la nueva convivencia en pareja: «Me preocupa intimar con alguien, sometiendo mi propio yo. Qué puedo perder. Me da miedo estar subyugada. Hoy en paz porque Gary no amenaza mi alma. Un miedo real a estar sumergida y que no me oigan».

Para el lector conocedor de la obra de Kyger los diarios son una delicia en tanto que muestran el germen de su primer libro de poesía, The Tapestry and the Web (1965), pero también de toda su obra. Toda la poética de Kyger se hunde en las raíces más profundas del momento presente empezando por la superficie y la suavidad de los pétalos hasta mostrar solo aquello que es visible para la mente en contemplación: «la primavera pasada fueron los pájaros / aquel otro invierno / los ciervos / ahora desde hace un tiempo, las flores⏤ / la idea de tejerlas todas juntas / haciendo una moqueta. / flores salvajes / y los colores.» Los diarios destilan una curiosidad por la mente que Joanne no ejercita únicamente mediante la práctica del zazen, sino también al anotar sus sueños desde una perspectiva junguiana y relacionarlos con su poesía. «Anoche soñé que me entretenía frívolamente cosiendo arañas enormes -como la del salón- en la parte inferior de mi enagua. […] Siento que se escriben todos los poemas del mundo mientras duermo». Esta intención de atender a la mente consciente y a lo inconsciente acaba destilando una honestidad directa y deslenguada hacia lo que ve en sí misma y lo que ve en los demás, lo que le permite huir del confesionalismo autocomplaciente tan característico de la escritura de diarios a la vez que escapa de la continuidad de reproches que podrían dar pie a unas memorias con retrospectiva y afán de respuesta.

No faltan las menciones a Charles Olson, Ezra Pound, Kenneth Rexroth, Gertrude Stein o William Carlos Williams.

Joanne, con su sentido del humor pero también con su mirada particular y nítida hacia los objetos y las personas, pone frente al lector una claridad de comprensión que atraviesa las apariencias. Se cuestiona si quiere seguir o no casada, hasta qué punto este hecho intercede en su libertad y, a la vez, siente la contradicción interna de cierto deseo visceral de ser madre a la vez que va persiguiendo el hilo del latido de su propia escritura. Esa tensión entre el rol de la esposa que depende de su marido en un país extranjero y la libertad de la escritura es la cuerda floja sobre la que la poeta se ve obligada a encontrar un anclaje y un punto de equilibrio. En la poesía, tomando a Penélope la tejedora como metáfora de la mujer-que-espera, nace la liberación de ser otra que aquella que permanece sentada en su oficio arácnido. En ese artesanato existen detalles imperceptibles para el ojo que no ve, pero dentro de él suceden multiplicidades multifocales. Podría establecerse un paralelismo entre la tejedora y la estudiante del arreglo floral japonés. El ikebana o kadō (literalmente «el camino de las flores») persigue una claridad mental en el hecho de la composición floral a la vez que integra el vacío como parte del arreglo. El aprendizaje del ikebana, además de la práctica del zazen, parece abrir puertas sobre poética a su autora, empapada del Verso proyectivo de Charles Olson. Esas claves permiten al lector ir abriendo cerraduras para comprender en profundidad toda su obra poética, y esa es la maravilla de los diarios: leídos con retrospectiva, se ve el comienzo de las andanzas poéticas de Kyger, donde sus amistades, su amor y su falta de amabilidad serán necesarios para afianzar su identidad como mujer y como escritora en el mundo.

Su relato es directo y no atiende a suavidades hipócritas. Habla lo que duele, lo que siente como un fastidio, lo que la divide, lo que la expone; se refleja a sí misma con cierta burla pero también con una asertividad colosal. En sus palabras es consciente del machismo de la época y deja constancia de ello: «El Mainichi del domingo 10 de abril contiene una página con imágenes y un artículo sobre extranjeros en Japón. No dejamos que nos hiciesen fotos. Y sin embargo dicen: ‘La Sra. Snyder abandonó su lujosa vida en California para convertirse en la mujer del estudiante zen’». Tampoco escatima en criticar el egocentrismo de Ginsberg y su obsesión por las drogas como forma de alcanzar la iluminación espiritual sin comprometerse con una disciplina, señala su hartazgo por la falta de compañerismo de Orlovsky cuyas resacas retrasan siempre los planes del grupo en la India y arremete contra figuras alabadas por la contracultura de los sesenta:

"Capítulo 2 de un libro de un tal Tim Leary del Centro Universitario de Harvard de Investigación sobre la personalidad, resulta que quiere darle a todo el mundo setas alucinógenas. Página tras página de palabras tipo «tío encantador», «terapia nueva y encantadora, «tarde increíble sexi y ardiente». Dice que le encantan los poetas pero si te fijas en la manera en que habla de ellos te das cuenta de que los ve como unos idiotas ridículos y desagradables. Las frases que pone en boca de otros dejan entrever cómo es en verdad: un farsante y un vendehúmos."

Pero más allá de verbalizar los aspectos invisibles de figuras cubiertas de un halo de romanticismo por la etiqueta beat, a medida que avanzan los diarios y que Kyger va afianzando su conciencia como escritora también aumentan sus reflexiones sobre poética. No faltan las menciones a Charles Olson, Ezra Pound, Kenneth Rexroth, Gertrude Stein o William Carlos Williams. Y eso es lo que finalmente convierte estos diarios en una joya: observar cómo se construye el proceso identitario de una escritora a través de los vínculos de vida y literatura, y cómo se desarrolla el rizoma de unión interdependiente que es la poesía. Y cierro este texto con una de esas reflexiones integradas en forma de poema:

esperando de nuevo.

qué. yo no recojo los tesoros del mar

observo el tejido - la mujer sentada y su telar

¿Cómo se llamaba? me refiero a la diosa

- no a la mortal. la que agarra las hebras

como si fueran los hilos de un arpa.

¡fantástico!

saber desvelar una historia.

Construyendo.

Joanne Kyger, Diarios de japón y la India: 1960-1964. Traducción de Annalisa Marí Pegrum. Varasek Ediciones, Madrid, 2019.

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