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El humor del ahorcado: Un paseo por la literatura checa


De Benede Culturalia - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=79082970

Monika Zgustova (Praga, 1957) publica “La bella extranjera. Praga y el desarraigo” (Báltica), una colección de ensayos que se pasean por la Praga creativa de los años veinte y los de la resistencia contra la dominación rusa, así como por las diásporas que provocaron el nazismo y el comunismo, describiendo cómo es el humor propio de la ciudad e invitándonos a deambular por las callejuelas góticas de su centro.


Andreu Navarra


Los años veinte fueron el paraíso de los florilegios o analectas de artículos publicados en la prensa, que acabaron en ediciones librescas con un sabor característico de época. No otra cosa eran algunos títulos de Walter Benjamin, de Julio Camba, de Colombine o de Azorín. Que es exactamente lo que es este ligero volumen de Monika Zgustova que ahora publica Báltica, una colección de impresiones y retratos con aroma de preguerra, y que recupera ella misma ese aire diverso de la bohemia poniendo sus propias páginas como ejemplo.


Ejemplo de ironía y seriedad antisentimental. Los treinta y cuarenta ya fueron otra cosa, cruzados y cortados de raíz por la irrupción de los totalitarismos nazi y comunista que realmente sometieron y machacaron la sociedad checa, hundiéndola en una prosa asesina que muchos pagaban con el exilio, la cárcel, la muerte o la obligación de callar. “Los años que acaban con ocho fueron fatales para la historia de los checos. En 1938, tras la invasión nazi; en 1948, después del Golpe de Estado comunista; y por último en 1968, tras la invasión soviética de Checoslovaquia, las dictaduras se establecieron en el país y causaron un gran éxodo”, escribe Zgustova. Y añade: “Sin embargo, muchas personas decidieron quedarse en el país y soportar los tiempos crueles con el resto de la población. Milena Jesenská, Bohumil Hrabal, Václav Havel, Ivan Klíma, Ludvík Vaculík y otros se negaron a exiliarse. La dificultad para un escritor en el exilio no es únicamente lingüística”.

Monika Zgustova: "Los escritores praguenses en las situaciones difíciles han recurrido a un remedio infalible: el humor."

Por lo tanto, este libro tiene tres raíces: Praga, el desarraigo de los que se marcharon para lograr respirar y la necesidad de la memoria: “La mayoría de los grandes personajes de la cultura se exiliaron a Occidente, Kundera y Forman entre ellos. Louis Aragon describió el nuevo escenario cultural como “la Biafra del espíritu”.”


El caso más extremo fue el de la escritora rusa Marina Ivánovna Tsvetáyeva, que vivió en Praga un amor intenso que sirvió de materia prima para su Poema del fin, una de las cimas líricas de la literatura contemporánea mundial. Tsvetáyeva regresó a Moscú en el peor año posible, 1937, momento en que Stalin trituró a toda su familia. A la poeta, el NKVD le ofreció ser reclutada para misiones secretas, pero se negó. La respuesta del cuerpo policial no fue precisamente amistosa, y se notificó a la escritora que no podría recibir un sueldo nunca más. Y, tras reclamar un puesto de lavaplatos, le fue negado también, con lo que no le quedó más remedio que suicidarse.


El de Zgustova es un libro que busca el diagnóstico certero, la síntesis ajustada sobre un pueblo y una cultura muy peculiares: “A lo largo de su historia, el territorio checo, parte de Mitteleuropa o Europa Central, ha sido un país de vencidos: un minúsculo país en el cruce de caminos entre la europa del Este y la Occidental, entre los Balcanes y el Norte europeo, ha sufrido invasiones de todas partes”. La comparación con Hungría es constante. “Muy lejos de darse el gusto de la autocompasión o de sucumbir a la tentación de la autoflagelación o el victimismo, los escritores praguenses en las situaciones difíciles han recurrido a un remedio infalible: el humor. Lo llaman “el humor de la horca” o “el humor del ahorcado”, el humor negro de alguien que ya no tiene nada que perder”. Y este humor negro característico alimentaría las obras de Kafka, Hasek, Hrabal, Kundera y Havel.

Monika Zgustova: “Los años que acaban con ocho fueron fatales para la historia de los checos."

Cuando Eugenio d’Ors escribía sobre arte, en Mi salón de otoño o Tres horas en el Museo del Prado, diseñaba con la escritura los espacios donde colocaba cada una de las obras idealmente antologadas. En otras palabras, escribía libros performativos, en los que él mismo caminaba por las exposiciones que fingía comisariar. Algo parecido hace Zgustova con las diversas Pragas que superpone en sus ensayos. No se conforma con describirnos los cafés en los que se reunían los escritores del mejor momento de la literatura centroeuropea (el Arco, el Louvre, el Tigre de Oro) sino que se sienta ella misma a charlar con ellas y con ellos, con Hasek, Kafka, Max Brod, Egon Kisch, Paul Lepin, Johannes Urdizil, Milena Jesenská, Bohumil Hrabal, Karel Capek, Vaclav Havel, los personajes que deambulan como espectros luminosos por su libro.

Un libro que gustará a Antoni Martí Monteverde, por la cantidad de cafés y conciliábulos cafetinescos que contiene, y que también hará las delicias de Mónica Caldeiro, especialista en localizar y estudiar detalladamente poetas multilingües y limítrofes. Otro forofo adicto a las psicogeografías y la historia, Fernando Castillo, encontrará aquí ricas venas de arte encarnado en elocuentes piedras, porque esta Praga de Zgustova ha sido tratada con la misma atención y nostalgia con la que él ha recordado el Madrid de las Vanguardias o la ciudad ambigua de Tánger. A mí me ha valido el descubrimiento de una artista como un pino como es Toyen, cuya existencia desconocía totalmente hasta que he dado con este volumen delicioso que no tiene otro objeto que realizar un paseo ameno por todo lo mejor que ha legado la cultura checa en el turbulento siglo XX.


Toyen, o más bien Marie Cerminova, desarrolló una versión personal del surrealismo, participó en el movimiento artístico Devetsil, en el que era la única mujer entre nueve hombres, aunque ella se hacía llamar “él” y vestía como un hombre, con una pajarita, para equipararse con ellos, y también impulsó una vanguardia propia, el poetismo, que consistía en pintar escribiendo mientras se escribía pintando. Todo un personaje que alternó entre Praga y París y a quien sólo se hizo justicia cuando acabó la lenta niebla de plomo del comunismo.

Zgustova nació en Praga pero lleva más de treinta años instalada en Barcelona. Ha sido premiada varias veces por sus traducciones del checo y del ruso, que ya son más de sesenta, y también por sus ocho novelas, entre las que detacan La noche de Valia (2014), Las rosas de Stalin (2016) y Vestidas para un baile en la nieve (2017).