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El poema como signo y cartografía: El libro de las semejanzas de Ana Martins Marques

Ana Martins Marques no es Ana Martins Marques. Ana Martins Marques es un nombre con dos apellidos que puede cumplir diferentes funciones sintácticas dentro de una oración. Por lo tanto, tampoco pudo nacer en 1977 en Brasil, escribir cinco libros de poesía, recibir el Premio Litérario da Fundaçao Biblioteca Nacional ni el Prémio da Associaçao Paulistas dos Críticos de Arte.


Por: Mónica Caldeiro


¿Quién es Ana Martins Marques? ¿Es un nombre o es un cuerpo? ¿Es ese cuerpo una realidad que representa la palabra? ¿Qué se siente al oír y pronunciar «deseo»? ¿Qué hay del deseo en la palabra deseo? ¿Qué hay de tierra, de agua, de accidentes geográficos, de volcanes en un mapa? ¿Qué hay de sublime en la palabra al evocar el brillo de un sexo? ¿Qué se pierde en el espacio entre la realidad y su representación?

Estas preguntas actúan a modo de bloques que forman construcciones ineludibles. Hablamos aquí de El libro de las semejanzas del cuerpo que lleva por nombre Ana Martins Marques, editado por Kriller71 y con traducción de Paula Abramo. En un prólogo deliciosamente hilado, Josep Domènech Ponsatí cita unas palabras de la autora que abren la puerta enigmática y metapoética de este libro que bien podría llamarse «de los espejos»: «El poema, si es un buen poema, nos enseñará a caer, generará desconocimiento, duda, hesitación, nos complicará la vida, nos volverá más inquietos, más desamparados, pero al mismo tiempo nos invitará a ver el mundo de una forma más compleja, a cambiar la comprensión que tenemos de nosotros mismos y de los demás».


Y aquí es donde el poema se erige como artefacto de sorpresa, reflejo de sí mismo y de la realidad. El libro habla de su propio constructo y también de un mundo externo donde solo la imposibilidad existe, donde el amor es de los solitarios igual que las fotografías pertenecen por derecho a quien no sale en ellas, donde el inicio de cada historia indica también su final. Entre lo que es y lo que no es parece producirse un error de comunicación, un lenguaje interrumpido, la elipsis de un encuentro imposible: «Quedamos por fin en encontrarnos / en la esquina de nuestras calles / que no se cruzan». Se producen similitudes y simetrías pero no parecen conducir al entendimiento. El amor es un no-amor que nombra el poema. Un cuerpo puede tocarse, pero ¿puede acariciarse una palabra?

Ana Martins Marques: «El poema, si es un buen poema, nos enseñará a caer»

El libro de las semejanzas abre con la sección «Libro», en la que el propio libro habla de sí mismo, toma conciencia de sí, de su propia dicción y de sus silencios. La portada es «un biombo / entre el mundo / y el libro»: es un mundo dentro de otro mundo, con la ruptura de la separación. Pertenece al mundo pero contiene otro dentro, se aleja y se acerca del primero, juegan magistralmente entre ellos. ¿Quién es Ana Martins Marques? «Impreso / qué extraño parece / el mismo nombre / con que te llaman». El nombre propio es un yo y un no-yo. Pero por alusión o designación, las palabras acaban por convertirse en el único asidero de conexión con la realidad, agarradero donde resulta fácil quedarse atrapada: «como escalera, luego desechada / fuera de las palabras no hay nada / y a nada más que a ellas recurrimos». Porque, finalmente, el poema sobre el papel acaba por configurarse como una cartografía física de la representación donde pueden darse unas coordenadas de encuentro específicas: «quedamos en encontrarnos / en este poema, en la última palabra / de la segunda línea / de la segunda estrofa de abajo hacia arriba». De esta manera es como se establece la semejanza entre el libro y el mapa, que aparece como imagen de sentido en la segunda sección, «cartografías»: así como el poema es un lugar para citarse, el mapa contiene toda la geografía en sí mismo.

En la literaridad del mapa y en su territorio a diminuta escala se impone la naturaleza, como en una escultura de Andy Goldsworthy: «Después dejo el mapa / secarse al sol / sobre el césped del jardín / más rápidas que los aviones / las hormigas pasan / de un continente a otro / una oruga a rayas / se adueñó de las Coreas / ahora unificadas / un tapete de hojas / cubre el mar Egeo / y el rastro de una babosa ha humedecido / el Atacama / hay una hormiga enamorada / de un volcán / que tiene su tamaño exacto / uno de los polos / quedó a la sombra / y se enfrió más que el otro / de lejos no sé si son moscas / o nombres de ciudades». El poema, igual que el mapa, queda expuesto y vulnerable ante una naturaleza que lo modifica, lo muta y lo desgasta. Las traducciones que puedan hacerse de él ya no son una traición, sino una renovación de aquello ya erosionado una vez por las inclemencias climáticas y cronológicas. Justo es en ese diálogo entre ambos, en el diálogo entre lenguas y palabras afines, donde la tensión parece desvanecerse pues, al final, lo más importante, tal y como afirma Martins Marques, es que «los poemas se encuentren».

¿Pero dónde está Ana Martins Marques? Los mapas, como objeto físico, vuelven a mostrar un punto de encuentro, pero ¿qué sucede con la realidad? ¿Es capaz de acortar la literatura las distancias? ¿O se encarga de ello el deseo? ¿Qué hay de deseo en la palabra deseo? «Insististe / en doblar el mapa / de modo que nuestras ciudades / alejadas una de la otra / por exactos 1720 km / súbitamente / hicieran frontera». Desde la literalidad que re-sitúa la tercera sección, «Visitas al lugar común», relee expresiones idiomáticas para lanzarlas hacia una nueva (re)visión poética donde las palabras regresan a su origen semántico para crear nuevos significados: «Morderse la lengua / y al soltarla / dejar caer / una a una / palabras / no dichas». ¿Qué hay de deseo en la palabra deseo? Aquello que evoca la palabra «deseo» se sigue imponiendo por encima de la palabra: «Perder la cabeza / y luego buscarla / en los últimos lugares / donde estuvo / dentro de la gorra / de baño / sobre la almohada / entre las rodillas / entre las manos / en la casa demolida de la infancia / sobre tus muslos todavía / tibios».

Ante la naturaleza o el mundo el fracaso colectivo es inevitable.

La última sección del libro (¿qué libro?) acaba con «El libro de las semejanzas», donde se amplía la distancia entre palabra y representación al poner el signo frente a la vida misma. Ante la naturaleza o el mundo el fracaso colectivo es inevitable, al menos en tanto que entender la existencia y sus sucesos como algo inmutable no es más que una ilusión: «Hay días de estos en que presentimos en la casa / la ruina de la casa / y en el cuerpo / la muerte del cuerpo / y en el amor / el fin del amor / días de estos / en que tomar el autobús es no obstante perderlo / y llegar a tiempo es llegar ya demasiado tarde / no son cosas que se expliquen / solo son días en que de pronto sabemos / lo que siempre hemos sabido, y todos saben / que la madera no es sino lo que viene justo antes / de la ceniza / y que por más vidas que tenga / cada gato es el cadáver de un gato». Ante la realidad de la finitud, aplastante por sí misma, se tiende a acumular objetos que aparecen como instantáneas de un punto en el tiempo o diminutos retratos del deseo. Pero no por ello son la vida misma, que sucede entre los intervalos de una representación que acaba por convertirse en los retazos susceptibles de sobrevivir al yo pero sin dejar constancia de lo que es y sucede entre los paréntesis: «Coleccionamos objetos / pero no el espacio / entre los objetos. // Fotos / pero no el tiempo / entre las fotos. // Sellos / pero no / viajes». Aún así, el signo se convierte en un todo ineludible. ¿Qué hay de deseo en la palabra deseo? ¿Qué hay del amor en la palabra amor? «sé que primero se ama un nombre sé / que lo que se ama en el amor es el nombre del amor».

¿Qué hay de Ana Martins Marques en Ana Martins Marques?

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Es más difícil esconder un caballo que la palabra caballo

Es más fácil librarse de un piano que de un sentimiento

Puedo tocar tu cuerpo pero no tu nombre

Es posible terminar una frase con un beso así como es posible

concluir súbitamente una danza con una palabra

sería necesario entonces comprender el beso como un elemento gramatical

añadir las palabras a los elementos básicos de la danza

¿Cuánto del deseo vive

en la palabra deseo?

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