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Hachas y ángeles: la narrativa perpleja de Teolinda Gersâo



La Editora Regional de Extremadura publica “Los Ángeles”, novela corta de la escritora portuguesa Teolinda Gersâo (Coimbra, 1940), en traducción de Maria Jesús Fernández García.


Andreu Navarra


La Editora Regional de Extremadura es un caso extrañísimo de gestión pública orientada al más puro lujo cultural. Naturalmente, por “lujo” no entiendo aquí la producción de objetos valiosos porque sean de oro o valgan muchísimo dinero. Compren y lean esta novelita de Gersâo y sabrán de qué estoy hablando: de ediciones esmeradas, de libros secretos y selectos, que son una opción de excelencia por ellos mismos, y editados con esmero.


Vuelvo a mis estantes y recupero otros libros de la casa, cuyo tacto y contenido recuerdo: el poemario “Ciudad abierta”, de Sandra Benito; o la infravalorada novela de Mario Martín “Un otoño extremeño”, e infinidad de estudios rigurosos. Y la primera conclusión que extraigo es que “Los ángeles” de Gersâo ha ido a parar a una colección cultural adecuada, enclavada en un nódulo cultural peninsular en el que la vivencia ibérica es diversa, se expresa con orgullo y aún goza de la autoexploración.


La extensión del relato es casi la de un cuento largo. La autora dispone un microcosmos familiar y rural y explora en él algunos de los misterios más elementales que rodean la vida humana: la pulsión de huir, la enfermedad, la fragilidad del cuerpo, el sinsentido de las religiones normativas y la necesidad de la mística libre, que se identifica al final del relato con el propio milagro de los vínculo humanos y naturales, en una especie de síntesis spinoziana.

Entre incendios emocionales e inundaciones, las protagonistas del relato luchan contra la vulgaridad con recursos básicos, como la enfermedad o la soledad, y la falta de sentido es lo que desemboca en la fusión final de todo lo que no puede encajar más que en un ambiente cruel, acultural y natural.


El estilo de Gersâo es el que va obteniendo los mejores resultados durante los últimos años: exactitud y detallismo extremos, delicadeza para describir lo insoportable, lo intolerable. Sabe extraer poesía de la violencia, de las trampas, de las perspectivas que no logran comprender, en un ejercicio de austeridad que se lleva el gato al agua. Un estilo que recuerda a Edurne Portela, a Maria Barbal (“Pedra de tartera”) o a la última novela de Sara Mesa, que también trata de aldeas, huidas y deseos incomprensibles, mostrando únicamente un porcentaje ínfimo de lo que contiene el fondo de una prosa acerada, perfilada como ebanistería.


Economía de frase, palabras escogidas. En definitiva, una narración radicalmente poética que se posa sobre las cosas sencillas para enseñarnos hasta qué punto es compleja la vida sencilla de una muchacha que no quiere ir a la escuela y no entiende el desánimo y la parálisis progresiva de los mayores, que se amenazan entre ellos con hachas, teas o palas simplemente porque no entienden cómo han de vivir, ni por qué.