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Octavia E. Butler: “La verdad es que odio escribir relatos”



Consonni ha acertado a publicar un libro que en realidad son dos libros: una antología de relatos de la imprescindible Octavia E. Butler, traducido por Arrate Hidalgo, y el corpus autobiográfico que forman los breves epílogos en los que la autora comenta cómo fue escribiendo todos los cuentos de "hija de sangre", sumados a los dos ensayos sobre el hecho de escribir que son tan o más interesantes que su propia materia estrictamente creativa.


Andreu Navarra


El Prefacio de "Hija de sangre y otros relatos" no puede empezar de forma más original: “La verdad es que odio escribir relatos. Intentar escribirlos me ha enseñado mucho más sobre la frustración y la desesperación de lo que jamás querría saber”. A continuación, Butler explica que se sentía prioritariamente una novelista, porque le costaba mucho adoptar otro ritmo narrativo que no fuera el de los cruceros novelescos. Pero construir estos pequeños cazabombarderos, centrados algunos en las relaciones de parentesco (como el que da título al volumen o “Parientes cercanos”) no le salía del todo mal, también tuvo que admitirlo. Aunque le costó mucho años conseguir que los aceptaran en revistas y antologías, aunque le preguntaran una y otra vez de qué le podía servir la ciencia ficción a una persona negra, aunque el mundo, a través de empleos extenuantes, pareciera confabularse para que Octavia E, Butler dejara de escribir, al final acabó ganando y explicando a las jóvenes que para una escritora, mucho más que el talento y mucho más que la facilidad estilística, lo más importante era la testarudez y la perseverancia en el proceso de estudio y documentación.


La autora no tuvo precisamente una vida fácil: “En los trabajos horribles que solía tener en fábricas, almacenes, plantas de procesado de alimentos, oficinas y tiendas minoristas, siempre parecía haber al menos una o dos personas muy extrañas.” Esta armargura por vivir en un mundo hostil queda reflejado en las condiciones sangrientas en que han de vivir las atormentadas protagonistas de estas historias, en las que las violencias irracionales y las pulsiones sexuales mal resueltas suelen llevar la voz cantante. Octavia E. Butler visita temas filosófico morales parecidos a los de otros grandes del género (Asimov, Ballard), pero lo hace a través de situaciones mucho más hostiles y violentas, de forma que puede sonarnos más a Stephen King que a otros cultivadores del género más serenos o más lisérgicos. Desde luego, quien busque rayos láser, hecatombes nucleares o travesías por agujeros de gusano, no encontrará lo que busca en este libro.

Es como si un fondo realmente escéptico hubiera teñido esas fantasías galácticas de terror contenido, propio de alguien que ha tenido que refugiarse muy hacia adentro para sobrevivir. Odio las explicaciones biográficas o psicologistas, pero Butler es maestra en dibujar estados de ánimo a medio camino entre la catatonia y la alucinación, entre la incomunicación y la aceptación en llamas del trauma interno: “Ser tímida es una mierda”, confesaba. O: “Me pasé gran parte de mi infancia y adolescencia mirando al suelo. Es un misterio cómo no acabé siendo geóloga”.

Desde luego, quien busque rayos láser, hecatombes nucleares o travesías por agujeros de gusano, no encontrará lo que busca en este libro.

Sin pasarse las noches leyendo tratados de medicina, o de astrofísica, u otras novelas y cuentos, Butler cuenta que le hubiera resultado imposible componer estos cuentos sobre comunidades humanas sometidas por razas alienígenas a mascotas o animales de establo (“Hija de sangre”, “Amnistía”), o a trazar aventuras por ciudades distópicas asediadas por enfermedades angustiosas (“La tarde y la mañana y la noche”, “Sonidos de habla”).


El estilo de Butler es quirúrgico y casi ascético, contundente y cortante: “No voy a describir el pabellón. Bastará decir con decir que, cuando me trajeron de vuelta a casa, me corté las venas”. Esa escritura desde el hábito del horror nos llega hoy a través de este libro para acompañarnos a una otredad radical que nos permite catapultarnos a otras otredades alejadas del egotismo al uso. No por otra cosa las especies alienígenas descritas por Butler son realmente otras, no marionetas antropomórficas fácilmente integrables y comprensibles, sino diseñadas desde pasiones desconocidas y lenguajes que caen en saco roto, en un intento por afirmar que el universo no sea otra cosa que este ámbito oscuro donde nos ha tocado bajar a vivir, intentado comunicarnos entre nosotros sin éxito, nadie sabe por qué.