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Sara Mesa: escritura contra invisibilidad

Mesa explica en Silencio Administrativo cómo se construyen desde los medios los tópicos sobre los sin techo.

Sara Mesa. Foto: La Voz del Sur
Por Andreu Navarra

Leo con avidez cada libro nuevo que publica Sara Mesa. El último fue Cara de pan (Anagrama, 2018), una novela de estructura aparentemente sencilla, basada en equívocos, sobre la comunicación y la incomunicación entre los seres humanos. La sabiduría con la que Sara Mesa evita juzgar moralmente a sus personajes la convierte en la ensayista perfecta para ir desgranando el caso de Carmen, una persona sin hogar y enferma a quien Beatriz intenta ayudar porque un día, casualmente, han empezado a comunicarse. La historia que se explica en Silencio administrativo (Anagrama, 2019) tiene que ver con Cicatriz (Anagrama, 2015) y con Cara de pan: Beatriz y Carmen son otra pareja de seres humanos que buscan sentido o salir adelante como sea, tratando de comprender sus impulsos, tanto los que se escapan como los que podemos encauzar o iluminar de una forma más natural o menos clandestina.

La diferencia es que esta vez la experiencia narrada es real.


Algunas cifras: el 26,6 % de la población española está en riesgo de pobreza y exclusión. Unos 2,3 millones de personas padecen pobreza severa. Entre éstas, unas 40.000 no tienen hogar. Mesa explica cómo se construyen desde los medios los tópicos según los cuales los sin techo han llegado voluntariamente a su situación. E incluso cómo son presentados como privilegiados que no tienen que trabajar y que gozan de subvenciones millonarias. El caso descrito de Carmen incluye palizas, violaciones, la obligación de prostituirse, la imposibilidad de recibir asistencia médica, estancias en la cárcel, agresiones sexuales impunes en albergues públicos, drogadicción, amenazas de violentos en la calle que se divierten pegando o quemando vivos a pobres, y sobre todo, de qué forma las personas vulnerables son ninguneadas desde los servicios públicos. Con todo lujo de detalles inverosímiles, que el lector no creería si no le aseguraran que son ciertos.

Sara Mesa opera desde la honestidad y la complejidad, dando voz a quien no la tiene o a quien la tiene distinta.

La Presidenta de la Junta de Andalucía anuncia que 42.000 familias de esa comunidad recibirán una “renta mínima de inserción laboral”. Beatriz inicia los trámites para intentar sacar a Carmen de la calle. Pero para iniciar esa documentación, Carmen ha de estar empadronada, y no puede empadronarse porque no tiene casa. De algún modo hay que acreditar que Carmen vive en la calle, en un municipio andaluz concreto, lo cual es imposible. Sólo pueden ayudarla los “servicios sociales correspondientes a su domicilio”. Pero resulta que no tiene domicilio.


Se anuncian teléfonos a los que no contesta nadie. Las solicitudes caen en limbos insondables. Algunos funcionarios responden con evidente mal humor a las peticiones de información. Las respuestas sobre lo que hay que hacer son muy diferentes según si atiende un profesional u otro. “Las respuestas”, cuenta Sara Mesa, “son variadas, casi nunca esperanzadoras, y a menudo dependen más de las personas concretas que de las entidades”. La ley es un puro capricho, depende de si su intérprete ha tomado café o no. Las webs parecen utilísimas y eficacísimas, pero son sólo cortinas de humo. Nada que no suene a quien haya frecuentado las covachuelas habituales. Con la agravante de que lo que está en juego en el caso de Carmen es su vida.

Todos los servicios sociales están saturados. Todas las vías para entregar expedientes, también. Todo lo que pueda significar ayuda o justicia, está bloqueado. Por falta de personal, por falta de voluntad política. Algunos funcionarios hablan a Carmen despacio y alto, como si careciera de cerebro. Los trámites tardan meses, o se extravían sin ninguna justificación. Los certificados han de enviarse por internet o a través de plataformas digitales que no funcionan: cuando resulta imposible que un sin techo disponga de internet.

Nadie parece responsable de este caos que tiene forma de laberinto.


Los medios estigmatizan a la persona pobre y de esta forma se azuza el odio contra ella. Mesa concluye: “Carmen no está en riesgo de exclusión: ya ha sido excluida. Una barrera infranqueable se alza ante ella”. La única recomendación oficial es que reviente pronto, y sobre todo que no haga ruido. Que no moleste, que no se muestre en público. Que no hable, que no trate de conseguir documentos. Que desista de hacerse ver y oír.


Cierto tipo de narrativas son más oportunistas que progresivas. Sin embargo, Sara Mesa, libro tras libro, va demostrando que opera de modo inverso, desde la honestidad y la complejidad, dando voz a quien no la tiene o a quien la tiene distinta. Su mirada es la de una investigadora, no la de una autoridad sacerdotal. Buscando las interpretaciones inesperadas, buceando en los temas que nadie mira desde una posición por encima de los tópicos. Y lo hace, sobre todo, renunciando al moralismo fácil.

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