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“Vosotros los sumisos”: la Medea de Chantal Maillard

Chantal Maillard alcanza niveles universales con Medea (Tusquets, 2020), esta nueva propuesta poética radical, que combina la filosofía con el grito para enseñarnos qué son el crimen, la hipocresía, las prótesis, la procreación y las vísceras con que hemos de vivir.



Por: Andreu Navarra


Chantal Maillard acaba de publicar Medea, un poema largo dividido en tres libros que vuelve a fusionar poesía y filosofía tal y como hacían los autores griegos más remotos. La propuesta atrapa instantáneamente: una Medea emparentada con Milton y los grandes autores románticos, los más satanistas, emprende un intenso monólogo dramático que interpela directamente al lector y al contexto actual de hipocresía desenfrenada. Muchas veces lo afirma Medea: ¿quién es el puro que arroja piedras contra la criminal, si sólo un criminal puede conocer las leyes del mal?


¿Quién es el puro que arroja piedras contra la criminal, si sólo un criminal puede conocer las leyes del mal?

Lo mejor de este libro es su aroma de la más bronca y delicada poesía griega: la dramática de Esquilo, la lírica de Safo, la filosófica de un Alcmán o un Empédocles, la vocación de aforismo atraviesa todo el libro y lo convierte en una fuente no sólo de placer sino también de sabiduría. No he podido dejar de pensar en Derek Walcott, en Yorgos Sepheris, en Heráclito, Hölderlin y Blake pero sobre todo no he podido dejar de pensar en la autoridad con la que se imponen estos versos afilados de Chantal Maillard, convertida desde hace tiempo en una de las escritoras excepcionales de Europa, por la originalidad de su voz y su plena autonomía de modas y límites. Ayuda a todo ello la edición impecable, el dorado de esta veterana colección de Tusquets, Marginales.

La reflexión moral de Maillard aparece trenzada con una tensa pregunta sobre el tiempo: “Todo círculo es vicioso: / en cualquier punto en el que inicies / el trayecto / te encuentras al final del mismo. / En cualquier punto estás en el inicio”. El libro es tan bueno que no alcanzo a comprender cómo podemos perder el tiempo con tantas bobadas como se publican en nuestro país. Pero, por suerte, esto no tiene por qué preocuparnos, como no le preocupan ni lo más mínimo ni a Maillard ni a Medea.

La arquitectura fragmentaria y cincelada de estos poemas, algunos auténticos “cantos” tal y como los entendía Ezra Pound (como el 35), pueden recordarnos a los dos poemas mayores de Góngora, pero evitan convertirse en materia marmórea; porque no estamos aquí en la Grecia soñada y verdiblanca de los autores petrarquistas, sino en la más real, terrible, polvorienta y manchada de sangre de Pasolini, Nietzsche y los trágicos, que tiene un color pardo más real que la silva amable, porque lo que ocurre en Medea es que alguien eleva la voz para acusar a todos los acusadores, recreando la filosofía remota que fundó nuestra mentalidad, pero no en la versión blanqueada al uso, sino en su realidad más franca y real, hecha de piedra calcinada, placenta seca y sangre.

“¿No condenamos todas acaso a nuestros hijos?”

Viejos poetas filósofos (aquí Parménides) resuenan en este largo poema: “La mente o el deseo de agarrarse / al filo resbaloso / del abismo detener el / torrente de partículas / y SER”… Heidegger se hubiera puesto de pie para celebrar esta poesía y hacer reverencias. “La materia se cansa. / La memoria / es su manera de dormir”, reflexiona Medea, repensada por Maillard como nueva Hipatia, una pensadora radical que ha apurado el zumo de la vida y por eso puede arrojarnos a la cara su decepcionante significado: “¿No condenamos todas / acaso a nuestros hijos?”. El tono es sentencioso, oracular y dentado. Medea se ha convertido en una heroína romántica (en su sentido luzbélico y sin asomo de palabrería o gestualidad), y se encarga de aleccionarnos sobre el horror de vivir: “Pensáis que todo crimen responde a un motivo. / No es así. / Todo tiene una causa / pero no toda causa es un motivo."


Y no se escatiman realidades sobre lo que es la vida: “¡Tanta era la sed y tan pútrida el agua!”. Probablemente sea este tema (la reflexión sobre lo que es vivir) lo que aliente detrás de los 48 fragmentos del libro, también centrados en reflexionar sobre lo que son la rebelión y el orden social, reñido con la libertad: “En la más diminuta criatura / hay más virtud / que en el hombre que a ciegas obedece / las leyes de su tribu”. Nos guste o no, seguimos siendo tribu, y seguimos siendo timoratos y obedientes. Esto es lo que Medea ha venido a decirnos. En la nota final, se nos muestra la necesidad de que naveguemos sin velas, más allá del discurso, de la mente y de nuestro yo. Sólo desde ese estado salvaje podríamos experimentar algo parecido a una liberación.

Para acabar, diré una sola cosa más: tenemos mucha suerte de contar con una autora tan grande.

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