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Fibras sintéticas, consumo, mujer y globalización



Que la feliz ama de casa de posguerra no albergaba la dicha que el cine, la publicidad, las revistas y otros medios de comunicación se esforzaron en transmitir en los años cincuenta del siglo XX se hizo notorio, años después, con la publicación de La mística de la feminidad, de Betty Friedan (1964). Apariencia impoluta, cabello perfecto, maquillaje diario, vestido impecable bajo el delantal y medias de nylon con zapatos de tacón escondieron durante años un malestar derivado de la presión que sobre ellas ejercieron los poderes políticos y económicos para hacer de la institución familiar el pilar de la recuperación, restituyendo el espacio social y laboral a los hombres que regresaban de la contienda.


Mercedes Morote


Como consecuencia del llamado “optimismo de posguerra”, se alentó a las mujeres a renunciar a su desarrollo profesional y a contraer matrimonio en edades tempranas. Las ciudades se expandieron a través de zonas residenciales de viviendas idénticas, a las que la industria dotó de una ingente cantidad de novedades destinadas a facilitar la vida familiar, desde electrodomésticos hasta cocinas o prendas ready to wear. La nueva cultura de consumo se materializó en artículos que simbolizaban el progreso y representaban la superioridad norteamericana frente a la escasez comunista.


La creación de las fibras sintéticas encontró en este contexto el orden social y cultural idóneo para su desarrollo. La compañía E.I. Du Pont de Nemours & Co. en Wilmington, Delaware, lideró la carrera química, con la creación del nylon en 1938, y el orlón (acrílico) y el dacrón (poliéster) a principios de los cincuenta. El sector se lanzó, no sólo a modificar la apariencia de los sujetos a través de los nuevos tejidos, sino a modelar un concepto de sociedad. Así se revela en la revista Better Living, editada por DuPont y dirigida a sus empleados, que presenta una perspectiva de la sociedad estadounidense entre los años cuarenta y setenta, a través del prisma del bienestar procedente de la innovación química. Sus destinatarios conforman una población mayoritariamente masculina (en 1951 la compañía cuenta con 85.800 empleados y de ellos el 17% son mujeres), y por ello los enfoques y lenguajes no son coincidentes con las revistas femeninas, cuyos contenidos se limitaban a consejos matrimoniales, tendencias de moda, recetas y lecciones de decoración.


Las familias son el objetivo y unidad básica para el desarrollo de los productos químicos y por ende de la estabilidad nacional. El hogar bien equipado se promociona como el soporte emocional del empleado motivado y eficaz, y hasta los más altos directivos son retratados en imágenes familiares. Su felicidad radica en una vida más fácil para las mujeres: “la tecnología moderna ha emancipado al ama de casa americana”, aliviando su trabajo agotador. Por ello, el ocio y la vida informal forman parte regular de los contenidos de Better Living, mostrando a familias disfrutando de vacaciones, excursiones y barbacoas.

El hogar bien equipado se promociona como el soporte emocional del empleado motivado y eficaz, y hasta los más altos directivos son retratados en imágenes familiares.

La revista describe la aparición de nuevos estándares culturales asociados a la libertad de elección y al liberalismo económico apoyado en el consumo. Los principios democráticos, la propiedad, la educación, la cultura, la salud, la filantropía o la libertad religiosa son destacados como pilares que sostienen las instituciones en el periodo de paz. Con estas bases, unidas al progreso tecnológico y el consumo, se prevé que los estadounidenses hayan doblado su nivel de vida en treinta años.


El milagro de las fibras sintéticas


La nueva prosperidad no evitó que las mujeres abandonaran sus expectativas profesionales para dedicarse íntegramente a una familia sostenida por los ingresos de sus esposos, renunciando en muchos casos a la educación superior. En varios artículos de Better Living se distingue entre el futuro de jóvenes estudiantes: ellos serán arquitectos, contables, constructores, financieros o abogados, mientras que ellas se realizarán como amas de casa, profesoras, enfermeras, bibliotecarias o azafatas.


Las fibras sintéticas vienen a facilitar la labor de la mujer en el hogar mediante la superación de las capacidades de los materiales naturales, en el fomento de una vida fácil y un estilo casual. Las fibras acrílicas componen los tejidos de punto, cada vez más demandados por el modo de vida ocioso y deportivo, y perfectos para los generalizados conjuntos tween femeninos. Las mezclas son también exploradas, aprovechando la confortabilidad de las fibras naturales con el rendimiento de las fibras sintéticas. Utilidad, adaptabilidad y disponibilidad fueron las propiedades que hicieron de estas fibras el soporte perfecto para la cultura del progreso y la conveniencia.

En menos de dos horas, un atuendo sucio realizado en nylon podía ser restituido, ya lavado y secado.

El concepto de eficiencia asociado al hogar dio lugar al surgimiento de una “ciencia doméstica”, que creaba en las mujeres la ilusión de profesionalización de sus tareas mediante la aplicación de principios científicos unidos a los avances en ciencia y tecnología. Se compara la dirección de una planta química con la dirección del hogar, donde brilla la planificación del ama de casa. La ropa y los textiles domésticos, intereses considerados genuinamente femeninos, se presentaron como manifestaciones visibles de la tecnología. Un caso característico, utilizado frecuentemente por la publicidad, fue el de las cortinas, que podían ser adquiridas en cualquier estilo, lavadas y secadas rápidamente, sin degradarse por la luz solar. El ama de casa podría ser ignorante en asuntos de la química, pero sabía apreciar las mejoras vitales en sus quehaceres.



“Las mujeres encienden la economía”


Ante un mercado vertiginoso en necesidades y deseos, el sector químico pronto entendió que su desarrollo vendría ligado a un conocimiento exhaustivo de los consumidores, y emprendió agresivas campañas de difusión de sus productos, a la vez que investigaba los comportamientos de sus clientes. Las mujeres se convierten en objetivo de estas acciones en los ámbitos que les son asignados, el hogar y el vestir, a través del estudio de los valores psicológicos que atribuyen a los productos.

El nylon transformó la estructura comercial de la calcetería

Las decisiones de la mujer en el hogar afectan a la economía nacional. Por ello, es destinataria de los avances químicos: “La mujer estadounidense en realidad establece el patrón de éxito para los negocios y la industria. Sus compras diarias actúan como las papeletas de los votantes para gobernar el crecimiento y la prosperidad de los fabricantes y minoristas.” Empleadas de grandes almacenes reciben formación para atender a las mujeres americanas, “las más exigentes del mundo”. El papel de la consumidora es, sin embargo, descrito con condescendencia: “estudiará los anuncios de comestibles y buscará las mejores compras; se probará una docena de vestidos (y, con frecuencia, comprará el primero que vea); y acosará a una veintena de vendedores antes de decidirse por la marca de su nueva lavadora”. Las propias trabajadoras de la empresa participan en encuestas e investigaciones de consumo. Según la publicación, sus informes se consideran más importantes que una prueba de automóvil, afectando a las decisiones sobre los usos de las fibras y cuándo éstas estás preparadas para comercializarse.


Como ejemplo, el nylon transformó la estructura comercial de la calcetería, y las medias se pusieron a la venta no sólo en grandes almacenes o tiendas especializadas, sino también en joyerías, estancos, máquinas expendedoras o zapaterías. En referencia a estos cambios, se afirma: “La gran benefactora de este esfuerzo combinado entre un gran y un pequeño negocio es, por supuesto, la mujer americana. Ella puede comprar ahora a un precio razonable finas medias superiores a cualquiera que haya tenido nunca”.


Las industrias culturales contribuyeron de forma decisiva a la imposición de los nuevos productos, con el objetivo de ampliar el mercado de consumo representado por las clases medias. Las mujeres se convirtieron en las destinatarias de este sistema, impuesto desde las élites, que pretende mantener los códigos y patrones de la cultura industrial y consumista. El concepto “goteo de arriba abajo” (trickle-down-effect) define la elección por imitación, característica del sistema de la moda: las clases medias acceden a los privilegios ostentados por la alta sociedad mediante la masificación y el abaratamiento de los productos. Las fibras sintéticas se posicionaron como instrumento esencial en este proceso.


American Look


Como consecuencia del nuevo mercado de masas emerge una nueva forma de vestir: el estilo casual americano, que tendría un largo recorrido como estética social. Como afirma Bourdieu en su libro La distinción: criterios y bases sociales del gusto (1979), la moda en la sociedad moderna fue un instrumento de distinción social, muestra de un estilo de vida legitimado por el consumo y manifestado en hábitos y prácticas sociales. La ropa se convierte en indicador de clase y potencial económico, y demuestra el gusto individual y la adscripción a los valores culturales de una sociedad cómoda y plácida.


Este estilo confortable estuvo directamente relacionado con la nueva composición de los tejidos mediante mezcla de fibras sintéticas. Su ligereza, elasticidad y flexibilidad facilitaban las compras de toda la ropa familiar por el ama de casa. En 1950 ya era posible ofrecer hasta cien colores distintos, gracias a las investigaciones sobre la afinidad con los tintes. También los productos de acabado dotaban a los tejidos de características nunca vistas, como la resistencia a la humedad, a las arrugas o al encogimiento. Sin embargo, la industria textil, confesaba DuPont, era inestable y estaba sujeta a los vaivenes del gusto de las consumidoras. No se trataba sólo de la investigación, sino de que ésta se adaptara a un estilo deseado.

Las fibras contribuyeron a la consecución de una imagen estilizada y cada vez más joven de las mujeres, gracias a su capacidad para ajustarse al cuerpo y secarse con rapidez. En Better Living abundan los reportajes sobre la actividad deportiva y la importancia del ejercicio físico unido al bienestar mental y la motivación. Blusas, faldas, pantalones y jerséis ligeros en vivos colores, combinables y a precios bajos, resultaron enormemente atractivos para las jóvenes, que se iniciaron en el consumo llenando sus armarios. Ellas redefinieron las tendencias de estilo informal, encontrando en las prendas sueltas múltiples posibilidades de autoexpresión, además de la comodidad de uso y mantenimiento para sus madres. DuPont reconoció en las estudiantes a las compradoras del futuro, que en breve tomarían decisiones en el ámbito del hogar y en la ropa para toda la familia. “La joven estadounidense ha nacido y se ha criado en una atmósfera de sintéticos”, señalaba el ingeniero y responsable de marketing de DuPont Gomer H. Ward.

Las fibras contribuyeron a la consecución de una imagen estilizada y cada vez más joven de las mujeres.

Mientras, las mujeres de clase alta seguían comprando las novedades de la alta costura parisina. Tras la escasez, el New Look de Christian Dior (1947) representó los valores de la mujer que no trabajaba a través de incómodas piezas imitadas hasta la saciedad, como faldas de volúmenes imposibles y considerable peso, cuerpos entallados gracias a una ropa interior ajustada, aparatosos sombreros y zapatos de tacón alto. Las medias de nylon eran el complemento perfecto para esta forma de vestir. Se había vuelto al pasado y con él a la “gran renuncia” del siglo XIX: hombres dedicados a los negocios y vestidos con comodidad, junto a mujeres de ensueño que adornaban su compañía en los eventos sociales, y permanecían en casa dedicadas a la familia. Las repercusiones de esta propuesta, que ponía el énfasis en la separación entre sexos y el atractivo erótico de la silueta curvilínea, alcanzaron a una amplia extensión geográfica durante toda la década. Desde los estudios feministas, Butler (El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad, 1990) identifica el cuerpo sometido al esquema binario masculino-femenino como uno de los discursos de la modernidad, y así la vestimenta se convierte en refuerzo de la identidad de género establecida. Así, el New Look fue la última gran novedad en la indumentaria femenina y sexualizada, y también la última manifestación de la modernidad.

DuPont aprovechó el potencial cultural de la alta costura y su influencia masiva, utilizando las relaciones comerciales entre Estados Unidos y París para promover la integración de las fibras sintéticas en la alta costura a través de un acuerdo por el que la empresa proveería de fibras a los fabricantes textiles franceses que abastecían a los talleres. La empresa ya no sólo representaba la capacidad técnica, sino también el buen gusto valorado socialmente. Pronto se lanzó a la copia de las invenciones francesas, solicitando a sus clientes fabricantes que las reprodujeran a precios masivos, marcando el inicio de la transformación de la moda en Estados Unidos que secundaron otras grandes empresas químicas, textiles y de confección.


Featherstone (Cultura de consumo y posmodernismo, 1991) señala que la estetización de la vida cotidiana, migrando lo que es considerado alta cultura (alta costura) hacia la industrialización, la publicidad y la producción de imágenes, diluyó las fronteras entre el arte, venerado y protegido, y la vida cotidiana. Para el filósofo Giles Lipovetsky desaparece la transmisión vertical de la imitación: la moda única definida por las clases superiores da paso a múltiples modas dispuestas horizontalmente. Los sintéticos invadieron la cultura popular estadounidense, satisfaciendo los anhelos de estética y funcionalidad. Las ideas sobre lo bello y lo práctico que conducían los deseos de las mujeres procedían de la imitación, de revistas especializadas y libros, grandes almacenes, vallas publicitarias y programas de televisión. Todos estos medios reflejaban una cultura de difusión de una forma de vida que se defendió como genuinamente americana (American Way of Life), decisiva en la recuperación de la autoestima de toda una sociedad tras la guerra. Es precisamente esa transformación la que conduce la alta cultura hacia la cultura de masas, que culminará con el posmodernismo y la estetización de cualquier objeto común.


La transición a la postmodernidad


El lanzamiento de las fibras elásticas revolucionó el mercado en los sesenta. Las descendientes de las mujeres de posguerra desafiaron las tradicionales nociones de familia y maternidad. La ropa interior se transformó gracias a la resistencia, durabilidad, ligereza, fácil mantenimiento, posibilidades de diseño y afinidad al color de la lycra. Las jóvenes hallaron una nueva estética y facilidad de uso relacionadas con las corrientes de liberación sexual, mientras que las amas de casa maduras alabaron una comodidad nunca conocida en fajas y bañadores de elastano, que a su vez simbolizaba la cultura de progreso que había venido a facilitarles la vida. El control de la natalidad dispuso el camino para la libertad sexual y reproductiva, y las mujeres se incorporaban de nuevo al trabajo, debilitándose sus vínculos con el hogar. Las consecuencias afectaron a la familia: en la década de los setenta, aumenta el número de divorcios y de familias monoparentales, y habría que esperar a 1973 para el reconocimiento del derecho constitucional de una mujer a interrumpir su embarazo.

A las prendas interiores siguieron la indumentaria deportiva y la ropa casual: las camisetas invadieron los armarios. Se abría camino una nueva mujer, con una vida ajetreada en la que la elasticidad de las fibras tenía un importante protagonismo al proporcionarle versatilidad y funcionalidad, sin perder su estilo. Se había culminado el proceso de democratización y popularización en el vestir.

El declive de las fibras sintéticas caminó paralelo a las críticas de la posmodernidad a los procesos de estandarización

Better Living cambia también en estos años, reduciendo su extensión y volviendo a los contenidos corporativos y económicos. Por primera vez se dedica un reportaje a una directora de planta, y las cada vez más escasas recomendaciones de moda incorporan faldas cortas, pantalones y prendas juveniles. Se advierte en sus titulares el temor acerca del declive del sector químico.


Y así fue: la expansión masiva de los sintéticos a finales de los sesenta fue el inicio de su caída. Los tejidos sintéticos se habían sobreexpuesto de tal forma que provocaron el cansancio de los consumidores, y las demandas medioambientales, que tenían a la industria petroquímica entre sus objetivos, condujeron al público hacia las fibras naturales. La crisis del petróleo de 1973 contribuyó a las dificultades en la producción. El declive de las fibras sintéticas caminó paralelo a las críticas de la posmodernidad a los procesos de estandarización. Se iniciaba la individualización de los estilos de vida.

Desde la popularización, el sistema dio un paso más hacia otro proceso que revolucionó el sector textil hasta nuestros días: la globalización. Con las políticas neoliberales de los noventa, las fábricas se fueron desplazando hacia otros territorios, manteniendo las empresas en origen el control financiero, y surgieron movimientos de violencia social como consecuencia de la reestructuración, a la vez que las fronteras desaparecían en un mundo conectado por la tecnología.

La redefinición de la identidad de género diluye los tradicionales recursos estéticos de lo masculino y lo femenino.

La alta costura quedó reducida a una referencia estética, y la tecnología dio un paso más en la investigación de las ya denostadas fibras sintéticas hacia la creación de microfibras y fibras inteligentes, que incorporan la personalización de las prendas según las necesidades del sujeto. El consumo masivo deja paso al deseo de individualismo. La redefinición de la identidad de género diluye los tradicionales recursos estéticos de lo masculino y lo femenino. El vestido de la sociedad global no es ya instrumento de distinción social, sino de fragmentación fundamentada en la estética.


Las fibras sintéticas continúan hoy relegadas al extremo inferior del mercado, convirtiéndose en herramienta básica para, junto a la explotación laboral, conseguir vender en mercados estables y a precios irrisorios prendas producidas a gran velocidad en países en vías de desarrollo. Movimientos por la transformación de este sistema, con propuestas de producción ética y basada en fibras y acabados naturales, aún no han conseguido superar los devastadores daños de la fast fashion y las terribles consecuencias medioambientales del uso de fibras sintéticas en los tejidos.