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La plenitud antinormativa. Entrevista a Sofía Rhei




Sofía Rhei es una creadora de mundos. También es una de nuestras narradoras más sólidas y laureadas, con una trayectoria impresionante. Que sepamos, cuenta ya con cinco novelas, seis libros de poesía y un Premio Celsius. No restablecidos aún de su ambiciosa Newropía (Minotauro, 2020) presenta este año una colección de cuentos: La máquina de los deseos (Aristas Martínez). No hay duda de que se convertirá en un clásico vivo, por su empuje y por su calidad visionaria. En esta entrevista, la autora detalla cuáles son sus raíces, sus inquietudes y sus planes de futuro.


Andreu Navarra


¿Aceptas etiquetas para tu literatura? ¿Cómo la definirías o describirías?

¿Quién es el autor para aceptar o rechazar una etiqueta? Normalmente nuestra opinión es la menos importante al respecto. Los editores nos observan con precaución porque sentimos demasiado entusiasmo hacia nuestra propia obra. Los comerciales, que son quienes dirigen las editoriales en la sombra, no se comunican personalmente con nosotros, como si fuéramos alienígenas con un sistema fonador incompatible con sus oídos. Los periodistas, con mucha frecuencia, quieren despachar la comunicación lo antes posible o bien confirmar sus propias ideas respecto a nosotros. Y los lectores nos ven como seres cuasimíticos o bien nos tienen antipatías preconcebidas. Escribir es un esfuerzo desesperado por emitir mensajes que serán recibidos, si es que lo son, dos o tres años después de que los hayas escrito, como en el relato “Luz de otros días” de Bob Shaw.

Me gustaría que mi escritura consiguiera transmitir un sentido crítico hacia la realidad pasado a través del filtro del humor, que nos ha sido concedido precisamente para poder soportar las preocupaciones. Me interesan mucho las herramientas y las ideas de la ciencia ficción, de la fantasía especulativa y del weird.


En “La máquina de los deseos” los libros como objetos físicos y la vida literaria están en el centro…

Sí, la cronología de mi vida ha estado marcada por el impacto de las lecturas. Me he dado cuenta retrospectivamente de que mis escritores preferidos en la infancia (Andersen, Jan Terlow, Maria Gripe, Oscar Wilde, Michael Ende) ya eran autores centrados en las ideas. Tuve un periodo de formación muy intenso en la adolescencia centrado, por una parte, en el decadentismo y simbolismo francófonos y por otra en las exploraciones de Poe, Kafka, Bioy Casares y Octavio Paz; luego me volqué en la lectura de teatro de todas las épocas y estilos y después me dio fuerte con Calvino y Virginia Woolf y sus entornos, dos estilos de experimentalidad tan fascinantes cada uno a su manera. Solo después descubrí plenamente que la ciencia ficción era, para mí, el género narrativo más importante y revelador del siglo XX. Y dentro de esta, me interesa especialmente la que se basa en premisas sobre el lenguaje.

Pues sí, los libros me obsesionan hasta el punto de que he tenido que comprarles una casa, y la gente que me gusta también suele tener este fetiche. Varios de mis libros para jóvenes lectores son un homenaje a clásicos que me marcaron: “El joven Moriarty”, “La calle Andersen” y “Olivia Shakespeare”. Puede que seamos dinosaurios a punto de que lleguen los bomberos con los lanzallamas, pero, mientras tanto, disfrutemos de la brutal y variadísima oferta que hay ahora mismo a nuestra disposición.


Sofía Rhei: "Me gustaría que mi escritura consiguiera transmitir un sentido crítico hacia la realidad pasado a través del filtro del humor"

¿Cómo escribes cuentos? ¿Sigues algún método o sistema?

Escribo bastante ficción infantil y juvenil, en la que hay que atenerse a muchas contraintes, y también he hecho novelas comerciales tratando de seguir las reglas de la comercialidad. Por lo tanto, el relato supone un mundo mágico de libertad y caos creativo del que disfruto como una enana. Tengo centenares de apuntes sobre posibles ideas y me cuesta mucho escoger a cuál dedicarme cuando tengo el tiempo, pero una vez me lanzo a la escritura es un proceso muy libre y gozoso, con un fuerte aspecto lúdico. De hecho, tengo la sensación de que después de haber escrito una veintena larga de relatos sobre el libro y sus siervos, ahora me toca empezar un ciclo sobre, precisamente, los juegos y juguetes.


¿Son “Techt” y “¡No puedes cargarte a Frownyflute!”, cuentos de tu último libro, dos retratos de nuestra sociedad?

Absolutamente. Dentro del libro son los que están escritos con un porcentaje más alto de esa intención. “Tech” habla de cómo el lenguaje se nos va miniaturizando, audiovisualizando (lo cual no es negativo a priori, pero yo percibo como tal la manera en la que está sucediendo) y perdiendo capacidad de expresar ideas complejas. “Frownyflute” no habla tanto de la desintegración del lenguaje, sino de la hinchazón artificial o generación automática de texto hueco; de la diversificación instrumental de las palabras, su dispersión en un pulvísculo que tampoco es capaz de fijar un discurso. Es una metáfora de internet, claro, y de la servidumbre de las obras literarias a los dictados de lo que las editoriales creen que quiere el público. En el mundo editorial estamos llegando a extremos tan ridículos como que el adelanto más grande de un sello editorial sea concedido a un perro, o que los escritores estemos redactando libros que serán firmados por influencers (esta vez humanos) que ni siquiera se los van a leer, dentro de una delirante burbuja de suspensión de la incredulidad en la que los compradores de esos libros (que no son lectores, sino gente que mira fotos y vídeos) fingen que creen que su ídolo ha escrito algo y solo se compran el objeto libro para conseguir una interacción personal con este. Es todo muy distópico, sobre todo el hecho de que Europa se esté quedando sin papel, pero algunas editoriales sigan privilegiando imprimir este tipo de constructos sin significado.


En tus cuentos aparecen Jorge Luis Borges y Joan Perucho. ¿Figuran entre tus autores tutelares? ¿A quiénes añadirías?

Siento mucha gratitud hacia los autores de libros juveniles, tanto a los que leí de pequeña como a los que he descubierto ya siendo adulta. Richmal Crompton, Joan Aiken, Gianni Rodari, Diana Wynne Jones… Maestros de imaginación y de libertad creativa. Creo que los lectores pueden dividirse entre lectores visuales y conceptuales, y yo me encuentro claramente en el primer grupo, por eso me fascinan los autores con una gran capacidad de generar imágenes, como permiten las herramientas de la novela con aspectos líricos (Proust, Mishima, Djuna Barnes) o la fantasía (Mervyn Peake, Torrente Ballester, Angela Carter o Neil Gaiman). Pero mi corazón en realidad les pertenece a los humoristas como Terry Pratchett, Stefano Benni o Douglas Adams.


Sofía Rhei: "La normatividad de cantar, devorar y estar feliz, por poco que dure, es monstruosa."

“Todas las escritoras escribimos con nuestras entrañas”, le dice una muñeca que escribe con su menstruación a otra muñeca habitada por una niña díscola que está a punto de parir un bebé libro viscoso…

El éxito de la comunicación artística estriba en la transmisión, o generación, de emociones más o menos complejas. Se supone que las novelas y películas destinadas al público masivo presentan detonantes de emociones más básicas, mientras que lo que caracteriza a la “literatura literaria” y al cine de autor es una mayor sutileza y ambigüedad en las propuestas emocionales. Pero al final, todo se basa en eso, en hacer sentir. Por eso el ingrediente número uno para el éxito literario, desde tiempos de Homero, es la intensidad del arco personal del protagonista y la calidad de los personajes en su conjunto.

Creo que si un escritor no siente cosas, mal va a lograr que eso le suceda a quienes están al otro lado. Por eso intento escribir sobre temas que me preocupan y me enfadan, y trato de hacerlo utilizando personajes con conflictos que conozco bien. Esa sensación de “parir” un texto, de que ha respondido a un proceso biológico, automatizado por la naturaleza, y no a una serie de carambolas del intelecto, es algo extraordinario que sucede tiene pocas veces, pero sucede.


En “Sándwiches de pepino en pan sin corteza” queda claro que el Infierno son las Navidades…

Esto es una verdad que todos sabemos: “el infierno son los demás”, que decía Sartre mientras volaban los adoquines del 68. La interacción forzosa con gente con la que no tienes demasiado en común puede estar bien si tienes un buen día o ser una auténtica pesadilla. La normatividad de cantar, devorar y estar feliz, por poco que dure, es monstruosa. He escrito otro relato sobre este tema llamado “El test de pudding” (inédito por el momento), y la parafernalia navideña me fascina hasta el punto de que le he dedicado una de las pocas secciones de la biblioteca separada del orden general. Las otras son “casas encantadas”, “circo” y “científicos locos”, todo temas potencialmente terroríficos.


¿Cómo nació y se desarrolló un proyecto tan ambicioso como Newropía?

Fue una de esas ideas que tardan años en tomar forma. Hacía mucho que quería escribir un libro rápido y múltiple que denunciara la desconexión con la naturaleza y el altísimo grado de impostura y autoengaño de la sociedad capitalista multimedia, tal y como hace Stefano Benni. La manera de narrarlo llegó al plantearme en serio cómo sería mi propia utopía, y preguntar a muchas personas de mi entorno por las suyas. Resultó que la utopía ya no es una sola para cada individuo (quizá no lo fue nunca), sino tan múltiple como esta sociedad de insatisfacción perpetua. Identifiqué tres posibles escenarios utópicos personales: el del regreso a la naturaleza, que conecta la espiritualidad con la escucha del cuerpo; el de una infancia idealizada en esos años 80 en los que explotó la industria del entretenimiento, que es la utopía fetal de felicidad infligida a lo Huxley; y un tercero del arte omnipresente en la vida cotidiana, de esa comunidad de personas cultas y entregadas a la belleza que para mí cristaliza en el teatro clásico: la utopía de creación y sensibilidad compartida. Cada una de ellas dio lugar a los personajes protagonistas y a sus tramas.

Al tratarse de un artefacto literario tan complejo y con tantas capas, me esforcé en hacer que la lectura fuera lo más fluida posible desde el punto de vista de la acción. Pero no pude evitar incluir un elemento de elaboración lingüística experimental, y la mitad de la novela está escrita en “femenina absoluta”, una forma del lenguaje en la que no existen los términos en masculino, algo que fue muy interesante pero muy, muy arduo lograr.

¿Qué autoras españolas en activo recomendarías?

Dentro de la literatura que más me interesa personalmente, a Tamara Romero, Laura Fernández, Pilar Pedraza, la fantasía para adultos de Elia Barceló, y Ana Llurba (que no es española, pero publica aquí). También recomiendo siempre “Gotterdammerung” de Mariela González y “Planeta Dónald” de Adolfina García, dos novelas originalísimas. Y creo que algunos lectores pueden desconocer la obra de excelentes autoras de ciencia ficción como Lola Robles, Conchi Regueiro, Felicidad Martínez, Cristina Jurado o Maielis González (tampoco española, mismo caso).

Me gustaría que los lectores adultos leyeran más literatura juvenil, porque tenemos obras nacionales ya clásicas tan impresionantes como “La guerra de las brujas” de Maite Carranza, además de las novelas de la mencionada Elia Barceló, y una nueva generación de autoras como Alba Quintas, Marina Tena, Gema Bonnín, Clara Duarte, Iría Parente y Selene Pascual, Ana Roux, Beatriz Esteban, Nahihari Diosdado o Haizea M. Zubieta a quienes realmente merece la pena incluir en el discurso de la cultura.


Sofía Rhei: "He publicado más de cuarenta libros muy diferentes entre sí, es casi como si fuera tres escritoras a la vez."

¿Qué buscas en la narrativa que te interesa?

La desaparición de las fronteras de género literario, la búsqueda de temas y ambientaciones distintivos y el lenguaje tratado como materia. El equilibrio entre el arte como juego y un acto de escritura autorreflexivo y en constante cuestionamiento.


¿Cuáles son tus proyectos inmediatos? ¿Hacia dónde quieres caminar o volar?

He publicado más de cuarenta libros muy diferentes entre sí, es casi como si fuera tres escritoras a la vez. He sigo ghostwriter y empleada de los engranajes editoriales. Ahora estoy en un punto de investigación acerca de mis propios deseos, y en este proceso de reflexión me estoy dedicando a escribir manuales de escritura, un ejercicio de síntesis que me está resultando muy útil.

Siempre trabajo en varias cosas a la vez y escribo en desorden, es así como me funciona la cabeza. Quiero terminar un par de novelas de género híbrido con elementos de realismo mágico y fantasía simbolista que tengo a medias, pero no sé cuándo sucederá. Me inquieta no tener un gran proyecto en mente, es algo que nunca me había pasado. El proyecto con el que más disfruto entre todos los que ya están avanzados está emparentado con las reseñas de libros imaginarios de Lem y Borges.